En la administración pública puede existir un período razonable de adaptación para quienes asumen nuevas responsabilidades. Conocer una institución, revisar procedimientos, identificar problemas y ordenar equipos lleva tiempo. Pero en determinados servicios del Estado, como la salud pública, ese argumento tiene límites.
Los recientes cambios de referentes en el sistema sanitario y en el ente previsional generan expectativas que no pueden ser postergadas indefinidamente. Quienes fueron designados para conducir estas instituciones llegan con la responsabilidad de producir resultados ahora, no mañana.
No se trata de resolver en días problemas acumulados durante años, pero sí de demostrar desde el primer momento que existe conducción, voluntad y capacidad para comenzar a solucionarlos.
La ciudadanía puede ser paciente con sus enfermedades, pero difícilmente pueda serlo con la ineficiencia del sistema que debe atenderlas.
Un paciente puede esperar el tiempo que sea necesario para que un tratamiento haga efecto, porque la medicina muchas veces requiere procesos, controles y paciencia. Lo que no puede hacer es esperar indefinidamente por un medicamento que debería estar disponible, por una consulta que nunca llega, por un estudio que se posterga sin explicación o por una atención que depende de la buena voluntad de algún funcionario.
Tampoco puede aceptarse que cada cambio de autoridad vuelva a colocar el contador en cero. Si cada nuevo responsable necesita meses para “ponerse al tanto” mientras los mismos problemas continúan, el período de gracia termina convirtiéndose en una especie de licencia para que nada cambie.
Los nuevos referentes no son responsables de todos los males heredados, pero sí serán responsables de lo que hagan con ellos. Allí estará la diferencia entre administrar una crisis y comenzar a transformar una institución. La salud pública y el sistema previsional necesitan praxis de gestión. Y gestión significa ordenar, controlar, corregir, priorizar, exigir resultados y, cuando corresponda, apartar a quienes no están a la altura de la responsabilidad encomendada.
También será necesario medir la conducción por resultados concretos y no por explicaciones y show mediáticos. La ciudadanía ya escuchó demasiadas veces aquello de que “se está trabajando”, “se está evaluando” o “se está reorganizando”. Mientras tanto, la realidad sigue esperando en las salas de urgencia, en los consultorios, en los pasillos y en los hogares de quienes dependen de un sistema previsional y sanitario eficiente.
No se exige magia. Se exige responsabilidad inmediata. Los nuevos responsables merecen la oportunidad de demostrar que pueden hacer las cosas mejor. Pero la confianza se construye con resultados. Por eso, no hay tiempo para la ineficiencia, el desinterés ni la mediocridad. La enfermedad ya les concede demasiado sufrimiento a los ciudadanos como para que el Estado les agregue, además, la enfermedad de la burocracia. En salud pública, el tiempo puede ser la diferencia entre atender, complicar o perder una vida.
