La credibilidad de los medios de comunicación se erosiona cada vez que una redacción decide callar lo que incomoda, exagerar lo que conviene, disfrazar propaganda de información o convertir intereses políticos, comerciales y hasta criminales en línea editorial. Cuando la verdad queda subordinada a quien paga, o presiona, la prensa deja de cumplir su función esencial y comienza a convertirse en parte fundamental del problema.
Durante décadas, los medios de comunicación fueron considerados una de las principales instancias de referencia para la ciudadanía. El periodismo tenía la responsabilidad de investigar, contrastar, contextualizar y poner los hechos frente al poder. Hoy, sin embargo, buena parte de esa autoridad moral ha sido dilapidada por quienes confundieron independencia con conveniencia y libertad de prensa con libertinaje para servir a determinados intereses que generen beneficios económicos.
En Paraguay, y particularmente en el ámbito regional, resulta difícil ignorar la realidad en materia de los medios de comunicación. No hace falta ser un genio para advertir las diferencias entre las portadas de un mismo día. Mientras un diario presenta un hecho como trascendental, otro apenas lo menciona; uno denuncia, otro silencia; mientras uno convierte a alguien en villano, otro lo transforma en héroe. Y, muchas veces, ninguno explica al lector qué intereses existen detrás de semejante selección.
El problema no está en que los medios tengan líneas editoriales distintas. La pluralidad es saludable y necesaria. El problema aparece cuando la línea editorial termina sustituyendo a los hechos. Una cosa es interpretar la realidad desde una determinada perspectiva y otra muy distinta es manipularla para fabricar una realidad conveniente. Cuando un medio oculta deliberadamente información relevante, publica versiones sin verificar, presenta opiniones como hechos o utiliza su alcance para favorecer a un dirigente, una empresa o un grupo de poder, no está ejerciendo periodismo responsable.
Está administrando información como mercancía. La forma más peligrosa de mentira contemporánea es aquella que contiene una parte de verdad. No hace falta inventar completamente un acontecimiento. Basta seleccionar qué contar, qué omitir, qué titular, qué fotografía utilizar y qué contexto eliminar para conducir al lector hacia una conclusión determinada. El resultado es una ciudadanía confundida, sometida a una especie de desinformación medieval en plena era digital. Hay más información que nunca, pero no necesariamente más conocimiento. La verdad queda rezagada.
Ante esta penosa realidad de manipulaciones por los protectores de la verdad, el ciudadano debe “masticar” mejor todo lo que le hacen consumir como información. En tiempos de manipulación informativa, creer ciegamente lo que se lee, escucha o ve constituye un riesgo. Contrastarla, buscar fuentes diferentes, revisar antecedentes y preguntarse siempre quién informa, qué pretende instalar y qué podría estar dejando fuera, pasan a ser reglas básicas para sobrevivir en el mar de mentiras.
Pero el periodismo puntualmente tiene una obligación ética superior, precisamente porque dispone de herramientas, acceso y capacidad para investigar que el ciudadano común no siempre posee. Una prensa que pierde credibilidad pierde también una de las defensas fundamentales de la democracia. Y cuando los medios dejan de ser contrapoder para convertirse en voceros del poder de turno, del mejor postor o de intereses “inconfesables”, la sociedad queda mucho más expuesta a la mentira. La prensa no necesita ser perfecta. Necesita ser honesta.
