Editorial

La sobrestimación del cambio municipal

La memoria corta, sumada a la embriaguez que suele producir el ejercicio del poder, termina por nublar conciencias y dificultar un análisis objetivo de una gestión pública. Ese fenómeno no solo impide evaluar con rigor a quienes administran las instituciones, sino también revisar las propias conductas ciudadanas. Por ello resulta indispensable apartar los subjetivismos y recordar las innumerables promesas formuladas durante las campañas electorales, aquellas que despertaron esperanzas y que hoy contrastan abiertamente con una realidad mucho menos alentadora.

No se trata de ingresar en la vida privada de las autoridades municipales o de sus colaboradores, sino de examinar el cumplimiento de los compromisos asumidos con la ciudadanía. El tan anunciado “cambio” prometía romper con décadas de malas prácticas instaladas por administraciones anteriores, particularmente las encabezadas por el clan Zacarías. Sin embargo, gran parte de aquellos anuncios permanece en el terreno del discurso olvidado por conveniencia.

Se aseguró que la idoneidad sería el requisito excluyente para ocupar cargos de responsabilidad; que los nombramientos políticos serían cosa del pasado; que la transparencia marcaría cada decisión administrativa; que desaparecerían las exclusiones; que la politiquería dejaría de condicionar la gestión y que Ciudad del Este volvería a brillar. Expresiones que hasta ahora no han encontrado un correlato ni siquiera mínimo en los hechos.

La coalición política que sostiene al oficialismo comunal terminó funcionando más como garante del relato que como impulsora de las transformaciones prometidas. Son demasiadas las deudas acumuladas por los de Yo Creo. Hasta el momento, el cambio se redujo a una estrategia comunicacional, demasiado similar a aquella que durante años caracterizó a sus antecesores. Hay abundancia de propaganda, fuerte presencia en redes sociales y una narrativa construida para instalar la percepción de una gestión excepcional, aunque los resultados materiales sean mediocres.

La ciudadanía que no recibe dádivas, promesas políticas o beneficios directos del entorno municipal prietista, no percibe una mejora proporcional en los servicios, la infraestructura o la calidad de vida. Existen esfuerzos aislados e intenciones plausibles, pero insuficientes para modificar el rumbo de una ciudad que demanda transformaciones profundas. Nadie espera milagros ni soluciones instantáneas. Lo razonable es exigir planificación, voluntad política y capacidad de ejecución para iniciar un proceso de cambio verdadero.

A ello se suma un entorno político que, en más de una ocasión, reproduce prácticas que precisamente se prometió erradicar. La confrontación permanente, la construcción de enemigos, la intolerancia hacia las críticas y el afán de perpetuación política nunca han sido buenos consejeros para ninguna administración. Los problemas urgentes de Ciudad del Este requieren servidores públicos comprometidos, instituciones eficientes y autoridades que comprendan que el patriotismo también consiste en administrar correctamente los recursos de la ciudadanía.

No existen mesías en la política, como tampoco movimientos o partidos destinados por naturaleza a salvar a una comunidad. La legitimidad de un gobierno se sostiene exclusivamente en sus resultados, y en el Este, no hay resultados visibles. Ninguna cantidad de “trolls”, publicaciones o elogios coordinados en redes sociales podrá ocultar indefinidamente aquello que los ciudadanos observan todos los días al salir de sus casas.

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