La vigencia de nefastos personajes que por bromas del destino ocupan escaños o cargos de relevancia en la estructura oficial, siguen en la misma práctica de hacer poco por el pueblo, y mucho por propias economías. Tráfico de influencias para nombramientos, para sacar resoluciones fiscales, judiciales, para hacer pasar cargas de contrabando, son modismos que nunca se fueron.
Sin predominio de “color”, la corrupción en todos sus ámbitos, goza de buenísima salud, fruto de politiqueros aberrantes que utilizan status para delinquir. Valerse de la influencia para blanquear irregularidades, para imputar a adversarios, o para evadir impuestos, solo prima en mentes mezquinas de quienes no tendrán futuro político prolongado, si la ciudadanía despierta totalmente de su letargo y aprende en definitivas a elegir mejor.
Lo catastrófico para la ciudadanía será seguir con cretinos diputados, senadores, directores de entes, instituciones, que piensan que la función pública es para autobeneficio. Esta especie de sabandija humana debe desaparecer y dar lugar a quienes efectivamente tienen la visión real del bienestar general. Aquellos representantes legislativos que no representan más que así mismos, no son más que ineptos, ignorantes, deshonestos, amorales.
El acecho de grupos atípicos en la política, y de dudosas intenciones, prenderá, si se sigue “martillando” con inconductas y desidias. Lo lógico es avanzar hacia mejores tiempos. La evolución es un principio válido también para lo sociológico y ejercicio del poder, por lo que resulta raro el status quo de la clase política. En algunos casos la involución es la regla. Tener como candidatos a sencillos aglutinadores de seguidores mediante promesas, es lo que ayuda a aflorar la peste de la politiquería. Un país serio, requiere de autoridades serias. “Payasos” de saco y corbata, ni siquiera son simpáticos y despiertan molestia y lamentaciones por la vergüenza de tenerlos como representantes.
Aunque en la práctica el Legislativo, como otros poderes, sigue siendo un verdadero circo. Lo que menos caminó en este tiempo ha sido lo político. La búsqueda de trascendencia mediática lleva a apariciones cargadas de populismos y carentes de patriotismo. Al tener la mayoría de los políticos “techo de vidrio”, las presunciones no precisamente son de buenos augurios. Esta especie abunda en la “fauna” estatal, y solo ancla al retroceso a todo proyecto o planteamiento serio que se pueda por lo menos pensar desde la conducción. La politiquería es la promotora de la pobreza general, y del lucro de la minoría.
El Paraguay ha sido tremendamente golpeado por conflictos bélicos que derivaron en un escaso crecimiento en todos los sectores. Pero el principal causante de los males arraizados que hoy seguimos sufriendo, es propiciado por los mismos líderes que bajo la promesa de velar por los derechos y garantías de la ciudadanía, se ganan confianzas, y traicionan altos principios humanos.
Hacer política aún está fuera de contexto en el país, y gran parte se pasa a rastras para seguir con zoquetes, o lloriqueando por haber caído del pedestal del máximo poder. La maduración de los políticos será una pieza más que importante para construir el nuevo Paraguay, que sigue siendo una quimera.
