Debido a la alta tasa de inseguridad que no puede ser contrarrestada por las fuerzas de seguridad, la población en general sigue viviendo en el temor. Constantes hechos de robos, asaltos y homicidios, dejan a las claras que la delincuencia opera sin oposición alguna, pese al cambio. El hecho viene a incrementarse, cuando se hace alusión que las acciones delictivas no solo son protegidas por algunos policías, sino efectuadas por los mismos personajes que se valen del uniforme para delinquir.
La ciudadanía no puede identificar si quién es más malviviente, pues la otrora diferencia sustancial, el uniforme, no es honrado por muchos que adoptaron la dualidad de vida. Se incrementa el descreimiento hacia la policía, y llega a colmos de ni siquiera querer recurrir a comisarías, ante el temor que sean asaltados por los mismos uniformados. Este mal no ha tenido un cese a nivel departamental, pues la vida dual de policía-malviviente no encontró absolutamente oposición.
La corrupción policial es un hecho innegable, así como la convivencia de “buenos y malos” en una misma institución. Este “cáncer” incrustado profundamente en el estamento policial es el aliciente más poderoso de la mafia que “trabaja” bajo la protección desde dentro de la policía. El encontrar el dilema en el sentir de la comunidad en general, de desconfiar del estamento que en teoría debería ser el de la protección legal, lo convierte en inútil.
Este fenómeno de no saber quién es quién es fruto de los constantes hechos delictuales encabezados por uniformados. Una barrera policial, no es seguridad de que solamente verifiquen identidades. Hoy realmente no se puede identificar si quienes muestran la placa de la institución policial son agentes o delincuentes que se valen del uniforme para despojar. La inseguridad no es solo sensación como tratan de “vender” desde la alta esfera. La lucha contra los malvivientes mimetizados en el estamento aún no ha dado sus frutos. Traslados no son castigos, sino premios para quienes deshonraron el uniforme.
Vigencias de grupos mafiosos encargados de asaltos constantes no pueden seguir operando plácidamente por desidias o complicidades de jefes policiales, que ven en esta situación posibilidades de lucro. Cuando la “cabeza” no funciona, o en este caso opera para recaudar, se tiene este penoso resultado de criminalidad avasalladora. No solo la región es afectada por esta realidad de tener a en un mismo personaje policía en horario normal de trabajo, y malviviente en momento de ocio. El país sufre con este vicio tan vigente y con extremada salud.
El descreimiento o la falta de fiabilidad en los cuadros de seguridad pública, es el paso previo para el rotundo fracaso de cualquier intención de luchar contra la corrupción interna y la delincuencia externa. No cabe duda de que existen buenos policías, quienes hicieron de sus vidas un pleno servicio a favor de la población y las leyes. Lamentablemente esta maraña de bandidos que se codean día a día con los sanos, opacan cualquier acción positiva, y restan efectividad a la hora de buscar erradicar la ilegalidad.
Es prácticamente imposible pelear en dos frentes en un estamento carente, desmotivado y desatendido. Desde el mismo Ministerio del Interior, y de la Comandancia de la Policía se deberían primordialmente pergeñar planes y proyectos serios que puedan ir limpiando con fuerza la “suciedad” de dicha institución del orden público. Ocuparse de lleno sobre este problema, será mucho más útil para la ciudadanía en general que solo ve presencias fugaces de autoridades o conversaciones distendidas con medios de prensa.
La población, totalmente desprotegida, sigue aguardando algún atisbo de solución al problema social de la inseguridad. Discursos o ideas plasmadas en papeles sin concreciones, seguirán incrementando descreimientos y temores que pueden tener consecuencias insospechadas para un Gobierno que tendrá varios desafíos a cuesta.
