Es una verdadera afrenta escuchar constantes menciones hacia hechos que solo viven en la imaginación de unos pocos que disfrutan de la fresca viruta, mientras miles se debaten en las penurias de ver como fracasan esperanzas de realidades mejores.
No es la prensa, ni tan solo el parecer de colorados, opositores, corruptos o de los malvivientes, sino la realidad de ineficiencias que alcanzan niveles absurdos.
No solo el entorno presidencial, sino el comunal trata de que inventar una realidad inexistente, una fantasía de mejorías que a la más sencilla luz se descubre, al menos para la población que no se guía por fanatismo absurdo.
Es lamentable enfatizar que solo los pesimistas son los que no ven como cambió la ciudad.
Lo que sí es ineludible afirmar es que cambiaron muchas cosas, pero todos relacionados a las vidas de quienes hoy ostentan el poder municipal.
Para muestra vale botón, y mientras desde el poder distrital ponen como gran logro la adquisición de buses eléctricos, estos solo sirvieron para hacer ruido electoral, pese al pago de multimillonarios montos salidos de las arcas de la institución.
El manejo discrecional del dinero del pueblo no precisamente se encuadra dentro de un parámetro de preponderancia positiva.
Las falsedades oficiales nada más sirven para generar “bronca” en la ciudadanía que no entiende como alguien puede vivir en una burbuja, y tener la caradurez de pintar una realidad que es más bien un chiste.
Utilizar cualquier acción mediocre como pantalla populista, es aberrante.
Un intendente torpe o unos asesores que le “hacen ver” otro municipio no puede seguir prosperando.
El Paraguay se acostumbró a este típico cuento de hadas venido de los administradores del país, que intentaban vender a propios y extraños algo que es nada más espejo del día a día del entorno del poder. En el Este se vio esto por décadas con el manejo de los Zacarías, que pese al apellido distinto, no varió en nada.
Es absolutamente aberrante sostener que se está por el camino de la excelencia. Solo si desde la esfera del poder considera el cambio aumentar lujos propios o de “camaradas”.
Se vive el mismo espíritu de administraciones anteriores. La opulencia es cotidianeidad de unos pocos, mientras el resto sigue en el mismo tenor.
No hay avance, y “ojo” no es una cuestión de miopía interesada, sino el sentir de quienes toman el trabajo como una forma de subsistir, y la honestidad como principio.
La incoherencia no puede seguir en este nivel.
La población optó por erradicar estos mismos vicios que nuevamente presentan quienes se autocalifican como preocupados con la suerte de los menos favorecidos.
Es lamentable la conducta de dirigentes, tratando de obviar desidias fundamentales y alto nivel de descreimiento.
La mayoría, no es el círculo de amigos de farra o de ideologías. La mayoría es la que hoy en día paga sus impuestos y no recibe contraprestación.
Plantear que solo una minoría casi insignificante la que no ve las mejoras de Ciudad del Este, es como intentar tapar el sol con un dedo.
Sencillos discursos intentando demostrar las bondades de la administración actual, no sirven para cubrir lo errático e inconducente que han sido estos años de la era Prieto.
La ciudadanía no está en condiciones de recibir “anestésicos” con expresiones de deseos. Es momento de honrar la confianza del pueblo con acciones reales, y en lo que resta de periodos por lo menos demostrar que no se fue uno más del montón de mediocres dirigentes.
