Editorial

Pedófilos no pueden ser tratados como criminales comunes

El marco penal para los crímenes de abusos a menores, solo llega a un superficial máximo legal, que en la práctica se compara con sencillos hechos punibles, hasta hace poco equiparado con robar una vaca. Desde un punto de vista médico, la pedofilia es la excitación o el placer sexual que se obtienen, principalmente, a través de actividades o fantasías sexuales con niños. Esto denota a leguas [que son total y completamente trastornados los protagonistas de la conducta.

El exiguo marco penal, así como la falta de medidas de mejoramiento expresamente contemplados en la norma de última ratio, demuestra que sencillamente se expone a una privación de libertad mediana y fácilmente eludible. Al ser una patología esta desviación bárbara, el estar privado de libertad un par de años, no contempla la readecuación del individuo a la sociedad sin cometer los mismos abusos. Ni que decir al tener poder desde donde seguir con la abominación.

Algunos científicos, estudiosos de mentes criminales, sostienen que patologías como la esquizofrenia, así también sicópatas y pedófilos, no tienen cura, por lo que la solución es eliminarlos. Quizás no sea lo “políticamente correcto”, inhumano y hasta irracional, pero comparando las realidades y perspectivas, no habría otra salida. Existen tantas conductas desviadas, que el mismo sistema penal debería evaluar maneras de encarar esta realidad que se muestra con mayor intensidad, quizás por la misma carencia de seriedad en su tratamiento.

Estos “locos” no pueden estar compartiendo con gente normal. El que somete sexualmente a una niña o niño, no es un delincuente común comparable con alguien que roba un vehículo, sino un espectro que debe irremediablemente ser sacado de circulación de por vida. El daño causado con el actuar de un degenerado es irreparable, vulnerando la esencia de un bien jurídico altamente protegido.

Las sanciones no se adecuan al daño que causan estos personajes nefastos, y los mismos profesionales de la salud, y estudiosos jurídicos deberían impulsar maneras diferentes de combatir estas plagas de las sociedades. No es un mal ordinario el actuar de pederastas, y en ciertas naciones hasta turismo de prostitución infantil son fomentados, debido a la impunidad y falta de interés hacia este flagelo.

Detrás de un pedófilo se encuentran redes internacionales que lucran con esta demencia, utilizando a criaturas para saciar bajos instintos. Si no se combate en forma este tipo de crímenes de lesa humanidad, apuntamos a multiplicar conductas desviadas. El Ministerio Público, conjuntamente con la policía, deberá redoblar esfuerzos por cortar de raíz el deleznable comportamiento de muchos ciudadanos que fungen tener alta moral, ser grandes señores de la sociedad, y más bien son monstruos que conviven como seres humanos normales.

Del mismo modo, padres de familia deberán prever lo impredecible para tratar de no facilitar el actuar de estos enfermos que mutilan dignidades. Prestar mayor atención, dudar hasta de la misma duda, no constituyen sicosis infundadas, sino maneras de caminar en un mundo repleto de podredumbre. El castigo ejemplar es una manera de disuadir a quienes lucran con este espeluznante negocio de la prostitución infantil.

Rufianes deben sufrir las consecuencias de su conducta que permiten barbaries como la explotación de menores. Jamás podrá tener precio el robar la inocencia a una criatura que ni siquiera entiende que está siendo ultrajada. Lo animalesco no prospera en un Estado donde la ley se impone, donde degenerados son apartados del mundo, y sus cómplices, “proveedores” y partidarios reciben el rigor de penas severas que los eliminan de la vida social.

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