Editorial

La construcción de ficciones

Este país vive prácticamente en permanente clima electoral. Las renovaciones son posibles de manera periódica y, con ellas, también la oportunidad de evaluar a quienes ejercen el poder. Sin embargo, entre discursos, imágenes replicadas en redes y propaganda financiada con recursos públicos el ciudadano se acostumbra a ser engañado y, peor aún, aprende a engañarse a sí mismo.

Los líderes políticos pasan buena parte del tiempo pergeñando futuros proyectos y trabajando en fortalecer sus imágenes. En el arte de la apariencia, pareciera que primero hay que parecer y, si queda tiempo, intentar ser. La magnificación de figuras y gestiones se ha convertido en una práctica habitual. Quienes ocupan cargos públicos llegan incluso a levantar verdaderos altares para su propia vanagloria, utilizando recursos que no les pertenecen.

Todo ocurre delante de ciudadanos que, por desconocimiento, desinterés o simple saturación mediática, terminan aplaudiendo como extraordinario aquello que apenas cumple, cuando cumple, con la obligación de gobernar. El problema no está solamente en quienes construyen estas ficciones. También está en una sociedad que, muchas veces, renuncia a informarse, a contrastar y a formar criterio propio.

El ciudadano que desconoce sus derechos es terreno fértil para las pretensiones mesiánicas de quienes convierten el poder en negocio personal y la filantropía con dinero ajeno en herramienta de propaganda. La política debería estar relacionada con el bien común, no con el autoelogio permanente, los ataques interesados y la amnesia conveniente frente a las promesas incumplidas. Resulta particularmente grotesco observar cómo algunos pasan de amigos entrañables a enemigos irreconciliables, y luego vuelven a ser aliados cuando cambian las conveniencias.

Lo que ayer era virtud hoy se convierte en defecto, y viceversa. Todo depende de quién esté del otro lado. Así se termina confundiendo principio con conveniencia, ideología con publicidad y patriotismo con marketing. Y no existen santos en la política. Cada dirigente persigue, legítimamente, sus propios proyectos; lo que no puede aceptarse es que esos proyectos particulares sean presentados como si fueran, automáticamente, los intereses de toda la sociedad.

Por eso, el verdadero desafío está también del lado ciudadano. No dejarse seducir por palabras bonitas, fotografías cuidadosamente preparadas ni campañas de imagen pagadas con dinero del contribuyente. La honestidad no necesita demasiada publicidad, es sencillamente demostrarla en la acción. La transparencia tampoco requiere discursos interminables, solo se verifica en los documentos, en las decisiones y en los resultados.

Y la corrupción no se combate señalándola en el adversario mientras se protege o mantiene en cargos públicos a quienes arrastran cuestionamientos y denuncias. La ciudadanía debe aprender a escuchar, pero también a discernir. Porque cuando los hechos contradicen sistemáticamente las palabras, seguir creyendo en las palabras deja de ser ingenuidad y comienza a convertirse en complicidad con el propio engaño.

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