Editorial

La política necesita de los buenos

Se ha instalado, por conveniencia de inescrupulosos, la idea de que la política es un espacio sucio, indigno y reservado únicamente para oportunistas, inescrupulosos y personajes de dudosa reputación.  Mucha gente decente, cansada de la corrupción, de los escándalos y de la degradación permanente de la función pública, optó por alejarse, convencida de que involucrarse equivalía poco menos que a ensuciarse. Ese pensamiento, aunque comprensible, ha terminado siendo uno de los mayores errores de nuestra sociedad, y generando esta realidad que lamentamos todos.

La política, en su concepción original, jamás fue pensada como un refugio para mediocres, sinvergüenzas o aventureros. Muy por el contrario, nació como el ámbito desde donde se puede ejercer el servicio para el bien común, promover el desarrollo de las comunidades y encauzar soluciones para los problemas colectivos. El problema no es la religión sino sus feligreses. Hacer política, en el sentido más noble del término, no es, o no debería ser, sinónimo de buscar cargos, privilegios o cuotas de poder.

Debería ser entendido como un compromiso con la sociedad, una responsabilidad asumida con vocación de servicio y una herramienta para mejorar la vida de la gente. La degradación de esta actividad se fue profundizando justamente por la proliferación de mediocres e inmorales, ante la ausencia de personas íntegras preocupadas por la suerte de su comunidad. Mientras los buenos se alejaban por hastío, decepción o muchas veces por comodidad, otros ocuparon esos espacios vacíos.

Y no precisamente los mejores. Fueron ganando terreno los improvisados, los corruptos, los violentos, los ignorantes orgullosos de serlo, los que entienden la política como negocio y los que consideran al Estado una simple caja para satisfacer ambiciones personales. Este es el verdadero problema. No es falso afirmar que, cuanto más ausencia de personas decentes exista en la vida política, más nefastos serán quienes terminen gobernando. La falta de participación de gente honesta no genera neutralidad. Genera vacío. Y los vacíos, en política, suelen ser llenados rápidamente por quienes menos escrúpulos tienen.

Por eso resulta tan importante que hombres y mujeres de bien, preparados, honestos y con sensibilidad social, pierdan el miedo a involucrarse. Hay que alentar a nuestros jóvenes que porten la bandera de la reivindicación de este rubro, desde adentro. Que comprendan que abandonar la política en manos de los peores no es una muestra de pureza moral, sino una renuncia peligrosa a defender el interés colectivo.

No alcanza con indignarse en redes sociales, quejarse en reuniones familiares o lamentarse cada vez que aparece un nuevo escándalo de corrupción. Si las personas correctas siguen observando desde afuera, los mismos de siempre seguirán ocupando los espacios de decisión.

Las comunidades necesitan referentes con integridad, capaces de demostrar que todavía es posible hacer política sin caer en la mentira, el acomodo, el abuso y la deshonestidad. Necesitan dirigentes que entiendan que la autoridad no es un privilegio, sino una obligación de servir. El problema no es solamente que existan malos políticos. El verdadero drama es que demasiadas veces los buenos renuncian a disputarles el espacio, teniendo aptitud requerida.

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