Las carencias de por sí tremendas en todos los centros asistenciales públicos de la región y primordialmente el cabecera, tienen acostumbrados a penosas realidades de muertes y desatenciones continuas.
Hasta hoy, ante el desespero que implica la imposibilidad de hasta suturar una herida, los funcionarios, enfermeros, técnicos, médicos, no encuentran otra alternativa que en el mejor de los casos hacer los que se puede. No se niegan malas praxis e irresponsabilidades personales de los de blanco, pero sí se encara una realidad menesterosa que es el principal problema sanitario.
En este sentido, es absolutamente inentendible cómo aún no se emplaza a las autoridades correspondientes a que den una solución definitiva a esta muerte lenta que genera la astenia de elementos básicos para atenciones.
Un Ministerio de salud mediocre e inerte, origina esta situación constante de pobreza total, en desmedro de las personas que no tienen otra alternativa que pedir auxilio en nosocomios públicos.
El parámetro es el Hospital Regional con sus dependencias, y si esta es la máxima expresión de atenciones, ni siquiera vale la pena comentar lo paupérrimo del resto.
Hasta la fecha no se admite desde la alta esfera ministerial que este sistema perverso y falso implementado de gratuidad, genera más inconvenientes que beneficios para quienes, en teoría, debería ayudar. La falta de sinceridad, así como de acción en exponentes locales, llámese, Director del Hospital o de la Décima Región, al no “gritar” la realidad lamentable de total desidia ministerial, los coloca en el mismo lugar de responsabilidades.
Todo “oído sordo” a quejas fidedignas con el único fin de congraciarse con los patrones de turno, es un sometimiento digno de mentes débiles y personalidades cobardes.
La situación en salud pública es insostenible a nivel interior, y no percibir esto, será un factor más para lamentar dolencias en compatriotas que siguen siendo olvidados por representantes poco patriotas, y sin nada de humanidad.
No se combate ninguna enfermedad obviando realidades.
Esconder las penurias no ayudará a salir del atolladero. Reconocer que no se puede sostener ninguna tarea correcta en medio de carencias, no es un sinónimo de ineficiencia, sino de preocupación hacia la suerte de quienes no tienen la misma condición de poder acudir a hospitales privados.
El exigir a que busquen soluciones inmediatas, es sencillamente asumir la voz de la ciudadanía que no encuentra ni si quiera paliativo a sus males de salud.
Esta actitud debería ser imitada por todos quienes conocen desde dentro la función sanitaria.
La gente más humilde, que a la triste realidad de desigualdades humanas debe sumar la desidia gubernamental, es obligada en absorber sin mayores reclamos todos los costos de una salud engañosamente gratuita, pues la enfermedad no puede conformarse con “alguna vez será”.
Toda acción encaminada a paliar al menos contextos de carestía, debe ser sostenida por toda la ciudadanía, pues al final los beneficios serán para dicho sector.
La salud no puede seguir esperando, y es obligación de las cabezas colocar en relieve las necesidades diarias, y no salamerías para inflar egos o intentar ganar permanencias en cargos.
