Editorial

Discursos rotos

La política tiene la virtud extraordinaria de hacer que algunos olviden lo que dijeron apenas unas elecciones atrás. Y Ciudad del Este parece haberse convertido en el laboratorio perfecto para comprobarlo. Basta desempolvar los discursos de quienes hoy administran la Municipalidad para descubrir que, entre aquello que denunciaban y lo que actualmente practican, existe una distancia tan grande como conveniente.

Miguel Prieto, Daniel Pereira Mujica y otros referentes del prietismo construyeron buena parte de su capital político denunciando las viejas mañas de la política municipal colorada. Las chicanas judiciales de las exautoridades coloradas eran presentadas entonces como una vergüenza, una estrategia para evitar que la Justicia avanzara sobre supuestos manejos administrativos. El discurso era contundente: “quien nada debía, nada debía temer”.

El tiempo, siempre cruel con los discursos de ocasión, terminó colocando a algunos de aquellos denunciantes en la misma fotografía que antes utilizaban para acusar a sus adversarios. Hoy, Prieto enfrenta numerosas causas judiciales vinculadas a hechos de corrupción y, curiosamente, el repertorio de recursos para dilatar, cuestionar o trabar los procesos ya no parece tan repudiable cuando el beneficiario es él mismo. Lo que antes era una maniobra inaceptable, ahora adquiere, por obra de la conveniente amnesia política, categoría de legítima defensa.

La memoria selectiva es una herramienta válida para ciertos dirigentes, pues sirve para recordar exactamente lo que conviene y olvidar aquello que podría incomodar. Hipócritas. También resulta pintoresco recordar cómo, desde la oposición, se cuestionaba el supuesto arreo de funcionarios municipales para participar de actos, movilizaciones o manifestaciones políticas. Se hablaba entonces de abuso del poder, utilización de recursos humanos del municipio y presión sobre trabajadores que dependían de la administración para conservar sus puestos.

Hoy, funcionarios municipales aparecen movilizados, bajo amenazas, para hacer hinchada en respaldo de Prieto durante una de sus tantas comparecencias judiciales. El método que antes era condenado como indigno parece haberse convertido, mágicamente, en una demostración espontánea de solidaridad ciudadana. Qué extraordinaria capacidad tiene el poder para transformar los principios, o mejor, desnudar verdaderas esencias. El problema no es solamente la contradicción de un dirigente, es la evidencia de que el cambio prometido nunca llegó a las estructuras de fondo. Permanecieron inalterables los viejos vicios.

Los negociados siguen siendo posibles. Las contrataciones políticas continúan siendo moneda corriente. El despilfarro de recursos públicos no desapareció. La presión sobre funcionarios tampoco. Y la vieja práctica de utilizar el aparato municipal para construir poder político solo encontró nuevos administradores. La ironía más grande es que quienes llegaron prometiendo limpiar la casa terminaron reproduciendo la suciedad que decían combatir. Hasta el perro más fanático puede distinguir, a estas alturas, que la podredumbre no tenía color político. Solo estaba esperando quién ocuparía el despacho para seguir funcionando.

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