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Caacupé, la fe tallada en madera guaraní que sigue marcando el camino espiritual del Paraguay

La historia de la Virgen de Caacupé sigue siendo una de las raíces más profundas de la espiritualidad paraguaya, una narración donde la fe indígena, el simbolismo cristiano y la memoria colectiva se anudan para dar origen a la devoción más grande del país.

Todo comenzó en el siglo XVII, cuando un humilde escultor guaraní llamado José, oriundo de Tobatí y formado en las misiones franciscanas, vivió un episodio que el pueblo aún conserva como milagroso. De regreso del valle Ytú, cargando un grueso tronco de madera, quedó atrapado ante un grupo de guerreros mbayá, temidos por su ferocidad. Sin armas ni escapatoria, se ocultó detrás de un árbol y prometió que, si salvaba su vida, tallaría con ese tronco una imagen de la Virgen.

Los invasores pasaron de largo y José, agradecido, cumplió su palabra: de aquella madera nacieron dos tallas, una para la iglesia de Tobatí y otra que quedó en sus manos, la misma que con el tiempo sería venerada como la Virgen de los Milagros de Caacupé.

Relatos jesuíticos posteriores mencionan que en el sitio donde José se refugió brotó un manantial considerado milagroso, fuente de agua que salvó a numerosos guaraníes durante los veranos más implacables. Así, el árbol protector, el agua y la imagen mariana quedaron unidos para siempre en la memoria espiritual del país. Años después, otro acontecimiento reforzó la devoción popular: una gran crecida formó el actual lago Ypacaraí y amenazó con arrasar comunidades enteras. Los franciscanos convocaron una rogativa encabezada por el padre Luis de Bolaños, quien bendijo las aguas y, según la tradición, el desborde retrocedió.

Fue entonces cuando apareció flotando una caja de madera con una imagen de la Inmaculada, identificada como la talla menor hecha por José, y trasladada luego a Ka’akupé, donde comenzó la veneración a Tupäsy Ka’akupé. En 1769, documentos oficiales ya registraban la donación de una imagen y un terreno para levantar un templo, paso que antecedió a la fundación del pueblo en 1770.

OBRAS DE BENEVOLENCIA SON LAS QUE ELEVAN

En la víspera de este año, la predicación estuvo a cargo del presbítero César Nery Villagra, delegado del Obispado de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, quien centró su mensaje en la parábola del samaritano misericordioso para replantear el concepto de prójimo. Ante la multitud de peregrinos, recordó que la misericordia no es un sentimiento superficial, sino una acción concreta que implica acercarse al que sufre, vendar sus heridas y poner los propios recursos al servicio del necesitado, como hizo aquel samaritano considerado extranjero y hereje en su tiempo. Expresó que prójimo no es quien recibe ayuda, sino quien la brinda, y que las obras de benevolencia son las que elevan al ser humano hacia la vida plena que propone el Evangelio. También cuestionó la aplicación de leyes “sin alma”, que en ocasiones se convierten en instrumentos para violar el bien común o el sentido común, recordando que la ley debe estar al servicio del hombre y no al revés.

El sacerdote concluyó que no existen límites para hacer el bien y que la misericordia auténtica trasciende diferencias sociales, religiosas o políticas. En este tiempo de Adviento, invitó a construir una sociedad solidaria, donde el bien común marque el horizonte y donde la Virgen Azul siga siendo inspiración de unidad y esperanza para todo el Paraguay.

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