Editorial

Se trastocó la esencia del motivo de ocupar cargos públicos

Los orígenes de la humanidad se remontan a una necesidad inalienable de convivir en grupos, y de someterse a un liderazgo. Primeramente, con el fin de protegerse de otras tribus y obtener alimentos. Los primates también se someten a esta idea. Ahora bien de aquella parte histórica a la contemporaneidad, este principio de alto honor y de gran responsabilidad como conducir a un grupo humano, hemos experimentado la degradación al máximo de esta figura de liderazgo.

En la actualidad, cargo público es sinónimo de poder irracional, y de beneficio particular. De lo macro en materia de asistencia, llegamos a la idea sencilla de obtener cualquier beneficio, valiéndose del cargo. Los de cargos de alto honor y responsabilidad, pasamos a un respaldo para avanzar hacia la idea personal de lucro. La idea de un puesto alto dentro de una institución, no pasa por el buen salario o prerrogativas de altas ínfulas, sino la de buscar incansablemente el bienestar de la comunidad.

Se confundió mezquindad con agilidad, y hoy lo politiquero está por sobre cualquier fin positivo para las organizaciones sociales. Los conflictos entre las mismas cabezas de instituciones oficiales, nos llevan a marcar cuán grande es el interés de ocupar cargo, y no precisamente por llevar mejores condiciones de vida para la gente a la que representan. Situaciones lamentables como los problemas entre instituciones, también son males que trastocan ideales de conducción.

Exigir cumplimientos a raja tabla de disposiciones burocráticas, deben ser para todos, no solo al contrincante de turno. Utilizar trabas para “castigar” osadías políticas, solo confirma inutilidades de legisladores que poco o nada aporta, pese al elevado salario. Fomentar conflictos tampoco se centra dentro del “trabajo” de ningún líder. Lejos estamos de aquellos tiempos en el que el honor máximo de representar a grupos humanos conducía acciones y marcaban la sapiencia, fuerza y patriotismo.

Los políticos regionales y nacionales aún carecen de madurez como para coincidir con los valores reales de la busca del bien común. Buscar conflictos por nimiedades, como para causar malestar en el otro, es un juego de niños malcriados que terminará con el “chachá” del pueblo cansado de peleítas patéticas. Ceder no es someterse cuando se apunta a concretar beneficios para la generalidad, así como vilipendiar tampoco es sinónimo de votos.

Estas “guerras” que dejan de ser frías para convertirse en campales, no ayudan a mejorar figuras o sostener adhesiones. La ciudadanía, en su gran mayoría no se deja convencer por lindos discursos, o presiones del poder. Existe cambios en la mentalidad de la gente, y este debe ser el punto que también tendrá que motivar al cambio de conductas en los dirigentes.

La civilización avanza, pero las necesidades de ayer aún siguen siendo la base de requerimientos humanos. Justamente mezquindades trabajadas por décadas se consolidaron como motivo principal del estancamiento y sufrimientos de miles de compatriotas.  Ser autoridad implica sobreponer egoísmos y caminar en conformidad a los objetivos que a todos trate de satisfacer, no solo a ideas politiqueras.

Es momento que nuestros administradores inviertan tiempo en coordinar acciones y emprendimientos, que sí elevarán popularidades, sin necesidad de angulemas de zalameros profesionales que tratan de enaltecer figuras. La deuda de la clase política es alta, y a este ritmo, donde todos sostienen ser “buenitos” y defensores de los pobres y afligidos, pero no pierden ninguna oportunidad como para “morder”, la mora terminará por socavarlos.

La ciudadanía necesita de auténticas personas, que en medio de sus limitaciones pelea por sobresalir, no a costa de otros, sino por su propio esfuerzo reflejado en la buena administración del dinero del pueblo. Todo lo que se proyecta, emprende y concreta, no será solventado sino con el dinero del contribuyente.

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