Editorial

Despejar la función pública de quienes solo tienen como cualidad ser “zalameros”

Muchos políticos en cargos públicos y quienes aspiran a seguir o alcanzar esos espacios, no pasan de ser meros hipócritas, que sobreviven en medio de dimes y diretes que les permiten protagonismo efímero en la opinión pública, magnificando acciones inútiles para la generalidad.

Gran parte de los actores políticos de la zona no son más que “carroñeros”, que viven en la mediocridad no solo oficial, sino en propias personalidades.

Para corroborar el comportamiento de quienes denigran a la política, en todo momento, hasta el más desagradable, doloroso, motiva su olfato carroñero como para sacar algún beneficio y aparecer en los medios, más aún en periodo electoral. En la función pública es lo mismo, con la diferencia que se paga con dinero del pueblo, la mediocridad y el extremo “ruido”, siendo un factor desfasado e inútil para buenos oficios.

La falta de coherencia y personalidad son características que adornan vidas de pura angulemas para seguir siendo súbdito de quienes gozan de mayor poder,  logrando ubicarse en sitiales preferenciales, por el desequilibrio que genera el placer al recibir halagos de “lame botas”.

Lejos de capacidad intelectual, y formación académica, los aduladores son quienes más están cerca del poder, creando burbujas en mentes de quienes igualmente no conocen casi nada de función pública, pero por bromas macabras, son autoridades en el sector público. Es así que siguen predominando en este tiempo Jefes, directores, asesores y superintendentes que de los cargos solo saben el monto de salarios. 

El adular es característica de estos faunísticos exponentes de lo que no es un político de verdad. Solo por el mérito de trepador es suficiente para estar hasta en direcciones de entes como Itaipú Binacional. Que lo diga “Juancito”.

El que se contrapone a ideales generales y solo ve, se ocupa y preocupa por el propio interés o del grupo que le permite, pese a su escaza preparación moral y mental, es mero esbirro de un patrón.

Muchos tratan de vender una imagen de impolutos, y hasta convencen demostrando que la hipocresía es una manera de sacar rédito.

La mezquindad es moneda corriente en este mundo de inconductas, donde la moralidad, la ética y honestidad no tienen cabida.

La desvergüenza gobierna sus vidas y los frutos de sus inconductas los lleva a la clase privilegiada.

La amoralidad es requisito fundamental para ingresar a esa claque que penosamente se ha multiplicado con extrema fuerza, y gobierna en el presente. Esto ya no debe seguir siendo “moda” en el Gobierno que se avecina.

Pero la misma sociedad tiene posibilidad de frenar la procreación de sinvergüenzas, que solo sirven para auto-beneficios.

Muy poco ofrecieron los partidos políticos, pero se “compró” a los propios verdugos.

Peleas internas entre propios correligionarios, ataques para eventuales adversarios, dan la pauta del gran interés por ocupar espacios mediáticos y resaltar, al menos por saber hacer ruido.

Lo de patriotas sigue siendo un eslogan sin poder trasladarse a la acción de autoridades, dirigentes, caudillos y funcionarios.

La falta de conciencia en la conducción de las organizaciones políticas permite que hurreros sean encargados de departamentos,  secretarías, con lo que bien se puede medir el desnivel de quienes ostentan el poder.

El bajísimo nivel de la clase política, ya no es tolerado por la ciudadanía, por lo que aquellos que asumirán el poder, tanto nacional como departamental, deben entender que se requiere a los mejores pensantes e íntegros, no a quienes se destaquen por “chupa-medias”, míseros zalameros que tienen la mediocridad como “religión”.

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