Por naturaleza, las madres representan todo lo que engloba el afecto entrañable, el cariño, la dedicación y si se quiere un poco de lo divino.
Sin menospreciar roles del varón, las madres cumplen con un deber trascendental que de apoco se deteriora, quizás por el olvido, o por la falta de correctos ejemplos.
Ese rol maternal de equilibrio entre severidad y suavidad, es tan significativo no solo para el ámbito familiar, sino en el mismo quehacer público.
Ser mamá, quizás la presente generación no tanto como las anteriores, no solo implicaba traer hijos al mundo, sino pasar a convertirse en pilar de la educación, en muchas oportunidades de manera solitaria, ante la ausencia de papá.
Poder administrar un hogar, aplicar múltiples facetas dependiendo de los contextos, no es poca cosa. Ser amiga, protectora, profesora, médica, enfermera, no es para un ser “normal”. Qué falta hace en este tiempo que sea generalizado en hogares esa multiplicidad de amor.
Sin necesidad de hurgar mucho, es innegable el trascendental aporte de las mujeres madres. Aquella mujer, muchas veces, con figura retraída, con rasgos marcados por dolores únicos, tiene el valor de enfrentar lo que sea, con tal de defender a los suyos. Es indiscutible la fortaleza, el coraje y la dación de una mujer por sus hijos.
La madre tiene esencia divina, de gran valentía y entereza sublime.
Las “buenas madres”, también suman para concretar la construcción de un país mejor, por lo que la presencia de mujeres-madres en la función pública no pasa por una cuestión de derecho, sino de necesidad.
Pero penosamente, las obligaciones materiales, las desigualdades humanas, impulsan a las madres a dejar sus hogares, buscando ganar el sustento diario, o sumar en la economía familiar, obviando el principal rol de formación de sus hijos. Esta situación ha demostrado tener consecuencias negativas para la misma sociedad, ya que el descuido tiene como efecto la generación de “deformados” morales.
Una buena madre es una buena educadora, y correcta persona, por lo tanto un buen hijo podrá ser una verdadera autoridad, por lo que a medida que la familia es abandonada a su suerte, se tendrá resultados no pretendidos.
Hoy no todo será celebración, y poco o nada de abrazos expresarán gratitud y amor, pues miles tendrán ambientes de recuerdos ante la ausencia física de quienes por circunstancias no están.
Hijos que por cosas del mismo ciclo de la vida solo pueden visualizar en mentes rastros pasados de abrazos, de añoranzas, de sonrisas. Que pasarán esta fecha con visitas a campos santos, o en el mejor de los casos observando fotografías de quienes emigraron y “olvidaron” a quienes nunca debió dejar.
Y resaltando la divinidad, los paraguayos tienen a su Madre a quienes depositan sus esperanzas, anhelos, necesidades, y hasta sus vidas, Tupasy Caacupé.
Sin temor a equivocaciones, la madre engloba todo lo que se debe ser, todo lo que se tiene que valorar, y legar.
Muchas veces ese esfuerzo hecho por los suyos ni siquiera es valorado por quienes tuvieron la suerte de ser cuidados y educados por una madre. Indiferencias, ingratitudes, también serán “regalos”, pues la raza humana adolece, y desperdicia lo verdaderamente significativo.
Tener a hijos trabajadores honestos, buenos padres, correctos ciudadanos, es el mejor regalo que se puede obsequiar a una madre, pues han vivido para ver el fruto del amor inconmensurable y recibir esa paga. Ese es el abrazo que esperan las madres, esa es la paz para sus almas, y acción de hijos agradecidos.
