Editorial

El poder…

Los actores de la política presentan un apetito extraordinario por cargos electorales u oficiales, pasando del repetido “no tener pretensiones” a exigir espacios en base incluso a apología del delito. En todos los niveles, y estructuras se tienen apetencias de líderes, y políticos que vociferan dar oportunidades a los mejores, pero al final exigen para sí cargos, y en el caso puntual de la presidencia, por sobre el marco constitucional.

Un cargo llama a otro, y es así que en este tiempo se tiene a concejales, intendentes, siendo anticipadamente candidatos a diputación y la misma Junta; diputados candidatos a senadores y senadores a presidentes y así sucesivamente.  La ecuación es sencilla, por lo que en nombre de escalar en verdad se tiene acaparamiento.

La falta de oportunidad a nuevas figuras es la determinante para que estas transfiguraciones sean con este tenor y los “líderes” disfruten de preferencias por sobre reales preferencias. No existe un solo político que no vea alimento para sí el eventual cargo venidero. Pero es justo significar que no precisamente por buscar hacer el bien es el hambre, sino por saciar propios bolsillo y egos. La política dejó de ser tal, cuando mentes enfermas, codiciosas, y egocéntricas se erigieron como referentes, y ocuparon los lugares en el mando-obediencia bajo engaños.

La incapacidad de la población mayoritaria de discernir, de poder diferenciar quienes son burdos personajes y quienes no son hipócritas, atenta contra lo correcto y por ende en vez de conectar un “by pass” gástrico, lo ensancha en la medida del ego. El poder es un vicio, para parásitos. Corruptos, malvivientes, hipócritas y de tendencias desviadas, no serían caracteres de líderes políticos, si funcionara ese mecanismo de defensa. El pueblo sigue ocupando el alto nivel de fomento de lo amoral políticamente hablando.

La generalidad absorbe a quienes rompen la regla de la mezquindad, y pasan prácticamente desapercibidos en la fauna abundante de lo inmoral. Es tiempo de crecer en este contexto, y que la sociedad no solo sea un ambiente propicio para la caza de votantes. El pueblo sigue mereciendo a sus dirigentes, por lo que de esta igualdad sociedad=autoridad, se tiene con precisión el origen de mayores males. Informarse de qué hacen en el cumplimiento de sus funciones, y si en verdad honran con obligación, comienza con establecer puntos claves para la edificación de nuevos tiempos, tiempos mejores.

Si los dramas sociales se encuentran en el mismo estado de siempre, debe ser combatido con el actuar de quienes realmente tienen el poder y lo merecen, el pueblo. No se puede seguir desperdiciando deberes y derechos. Las apetencias desmedidas se combaten con colocar “dietas” claras, dando a cada quien lo que merece de veras, no a lo que se cree merecer. Las medidas se colocan sobre cada actuar y autoridad. El control social es ejercido por el pueblo y mientras siga ausente, la “gula” por el poder será la regla y los comensales los mismos.

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