Durante demasiado tiempo, Ciudad del Este fue sometida a una curiosa operación de maquillaje político de presentar como extraordinarias gestiones que, observadas desde la realidad cotidiana, apenas alcanzaban lo poco. Durante años, desde la época del denominado clan Zacarías, se construyó una narrativa de grandes realizaciones que encontraba eco principalmente entre aduladores, operadores políticos y medios más interesados en la propaganda que en el análisis.
Bastaba, sin embargo, recorrer los barrios, observar las calles, los espacios públicos, el sistema de tránsito, el mantenimiento urbano y la prestación de servicios para comprobar que la ciudad estaba muy lejos de aquella supuesta excepcionalidad administrativa. El problema no fue solamente la mediocridad. Fue haber intentado convertirla en virtud propagandística. Una municipalidad con presupuestos multimillonarios no puede medir su éxito por publicidades y trolls en redes sociales.
La gestión pública debe evaluarse por resultados concretos, por planificación, por calidad de los servicios, por infraestructura, por transparencia y, fundamentalmente, por la transformación efectiva de la vida de los ciudadanos. Ciudad del Este tuvo durante años recursos suficientes para proyectarse mucho más allá de lo que finalmente consiguió. Y hay preguntas necesariamente inevitables: ¿cómo una ciudad que administra semejante volumen de recursos puede continuar arrastrando problemas básicos que deberían haber sido resueltos hace décadas?
La respuesta no puede reducirse a la falta de dinero. También hay que hablar de prioridades, capacidad administrativa, planificación, control y, cuando corresponda, responsabilidad ante la Justicia. Los procesos que alcanzaron a anteriores administraciones dejaron además una enseñanza que no debería ser olvidada: el dinero público no pertenece a quienes circunstancialmente ocupan una oficina, sino a toda la ciudadanía.
Hoy la Municipalidad está bajo la conducción de Pedro Acuña, secuas de Miguel Prieto, quien asumió en junio de 2026 tras la renuncia de Daniel Pereira Mujica, mientras la Junta Municipal es presidida por Alison Anisimoff. La realidad institucional no puede servir para reciclar viejos discursos. Al contrario, debe representar una oportunidad para demostrar que Ciudad del Este puede dejar definitivamente atrás la cultura de conformarse con poco. Porque tampoco sería justo exigir a una administración que transforme una ciudad compleja en pocos meses.
Pero sí es absolutamente legítimo exigirle planificación, transparencia, prioridades claras y resultados verificables. Una gestión responsable no necesita fabricar éxitos, pues los resultados hablan por sí mismos. La ciudadanía tampoco puede continuar aceptando como grandes conquistas aquello que apenas constituye el cumplimiento de una obligación legal. Quien administra recursos públicos no está haciendo un favor. Está cumpliendo una responsabilidad por la cual recibe una remuneración y debe rendir cuentas.
El Este necesita autoridades que sepan lo que debe hacerse y tengan capacidad para hacerlo. También necesita una ciudadanía menos impresionable ante el marketing político. Una obra no se vuelve extraordinaria porque tenga una placa, una fotografía y una publicación en redes sociales. Una gestión no se vuelve eficiente porque sus funcionarios la repitan todos los días. Mucho dinero y poca transformación nunca será sinónimo de buena administración.
