Cuando la realidad no se ajusta a los deseos, o estos cambian bruscamente, siempre aparecen quienes intentan acomodarla a sus pronósticos. Son los agoreros de turno, los profetas del día después y los esperanzados en el apocalipsis ajeno, especialistas en anunciar derrumbes políticos con una seguridad que no resiste el contraste con los hechos. En sus diagnósticos, la especulación se disfraza de análisis, el deseo se confunde con realidad y las verdades a medias se presentan como sentencias definitivas.
El oficialismo de la Asociación Nacional Republicana (ANR) no está exento de cuestionamientos, tensiones internas ni contradicciones. Como toda estructura política, enfrenta desafíos que pueden comprometer su futuro si sus dirigentes persisten en anteponer egos, ambiciones particulares e intereses sectoriales al fortalecimiento institucional. Pero una cosa es identificar debilidades reales y otra muy distinta es convertirlas en anuncios anticipados de una catástrofe inevitable. El coloradismo puede encaminarse hacia un escenario adverso si no corrige sus vicios, recompone sus filas y comprende que ninguna mayoría electoral está por sobre los intereses del pueblo.
La suerte de la ANR dependerá, en buena medida, de las decisiones que adopten sus dirigentes, de su capacidad para interpretar el descontento ciudadano y de los resultados que ofrezcan a la sociedad. Lo demás, por ahora, pertenece al terreno de las conjeturas. Sin embargo, abundan quienes ya distribuyen certificados de defunción política o anuncian resurrecciones milagrosas, según convenga a sus intereses. Unos confunden una interna partidaria con el destino irreversible de toda una organización; otros interpretan cada desacuerdo como el principio del derrumbe o cada movimiento táctico como la prueba de una recuperación extraordinaria. Son brújulas sin aguja.
El problema no radica en equivocarse al pronosticar. La política es dinámica, los escenarios cambian y hasta los análisis más rigurosos pueden quedar superados por acontecimientos imprevistos como en el presente. El descrédito aparece cuando se pretende vender como certeza lo que apenas es una hipótesis, cuando se omiten deliberadamente los datos incómodos o cuando se construyen conclusiones a partir de información fragmentada para alimentar una narrativa. Hay propaganda con pretensiones de cátedra. Tampoco faltan los supuestos paladines de la justicia y guardianes de la moral política, que descubren defectos ajenos con una precisión quirúrgica, pero padecen una llamativa ceguera frente a las faltas de sus aliados.
La objetividad no consiste en repartir culpas de manera conveniente. Consiste en aplicar el mismo criterio, aunque la conclusión perjudique al sector con el que se simpatiza. Por eso, el ciudadano no debe delegar su capacidad de pensar en quienes pretenden interpretar el mundo según sus conveniencias. No necesita adherirse a una hinchada para comprender la política, ni creer en profecías para reconocer una crisis. El tiempo suele poner a cada pronosticador frente a sus propias palabras. Y cuando el apocalipsis anunciado no llega, siempre aparece una nueva explicación, una fecha distinta o un culpable de ocasión. Quienes pretendan gobernar la opinión pública con sus fantasías, subestiman al pueblo.
