Editorial

El ego carcome al coloradismo

Como cualquier estructura, con más razón la política, por más historia, afiliados o tradición que acumule, no está a salvo de su propia descomposición cuando los egos, los caprichos y los intereses particulares terminan pesando más que los objetivos colectivos. La codicia tiene una virtud destructiva que consigue que quienes deberían trabajar juntos comiencen a verse como obstáculos, que los compañeros se conviertan en adversarios y que las organizaciones terminen siendo rehenes de las ambiciones de sus propios dirigentes.

El coloradismo no está exento de esta realidad. Su crisis no puede explicarse únicamente por las últimas derrotas electorales, o las diferencias de criterio. El problema adquiere otra dimensión cuando las apetencias personales, los intereses económicos y la resistencia a compartir espacios de poder se imponen sobre cualquier propósito partidario. Cuando cada referente auto concebido como importante pretende que la organización funcione a su medida, el partido deja de ser una causa colectiva para convertirse en un escenario de disputas por cuotas de influencia, cargos y beneficios.

La política exige diferencias, competencia y hasta confrontaciones severas. Lo que no puede sostener indefinidamente es el predominio del capricho sobre la razón. La firmeza de un liderazgo no se demuestra imponiendo la voluntad propia a cualquier precio, sino construyendo acuerdos sin renunciar a los principios. Confundir autoridad con imposición y lealtad con sometimiento es una receta eficaz para fabricar adversarios, ahuyentar a los disidentes y terminar rodeado de aduladores que aplauden hasta los errores, siempre que conserven sus privilegios.

Todo se agrava cuando los intereses económicos adquieren más relevancia que las convicciones. Se invoca la unidad cuando peligra el poder y se reclama disciplina cuando alguien cuestiona los privilegios. Después, cuando llegan los resultados adversos, todos buscan culpables, pero pocos están dispuestos a revisar sus propias conductas. El coloradismo necesita comprender que ninguna historia gloriosa concede inmunidad frente al desgaste presente.

Los partidos no sobreviven eternamente por lo que fueron, sino por su capacidad de responder a las exigencias de cada tiempo, renovar sus prácticas y demostrar que sus líderes entienden la diferencia entre servir a una organización y servirse de ella. Deponer egos no significa renunciar a las aspiraciones legítimas ni aceptar imposiciones. Significa reconocer que ningún proyecto de grupo puede prosperar cuando cada protagonista se considera más importante que la causa que dice defender.

La llanura del poder no comienza el día en que se pierde una elección. Empieza cuando los intereses particulares desplazan al interés colectivo, cuando la soberbia impide escuchar y cuando los dirigentes confunden el partido con su patrimonio personal. Si el coloradismo no logra corregir esa conducta, no necesitará enemigos demasiado poderosos para perder espacios. Ninguna organización necesita que sus adversarios la destruyan cuando sus propios dirigentes están empeñados en convertirla en un colectivo para sus ambiciones.

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