En la tradición católica, doblar la rodilla ante el Santísimo Sacramento expresa respeto, reconocimiento y sometimiento a Dios. Es un acto de fe. Pero cuando esa misma actitud se traslada al terreno del poder y del dinero, deja de ser una expresión de virtud para convertirse en una penosa forma de sometimiento.
Porque también existe una “religión” pagana, con sus propios dioses, sacerdotes y fieles. Sus templos son los despachos del poder, sus sacramentos son los favores y sus mandamientos se escriben con dinero, cargos y conveniencias. Allí, algunos están dispuestos a doblar la rodilla, inclinar la cabeza y hasta renunciar a sus propias convicciones con tal de conservar un lugar en el séquito.
Las muestras aparecen con demasiada frecuencia en instituciones que deberían actuar con independencia. Ellas terminan sometidas a intereses que nada tienen que ver con el bien común. Policías, fiscales, jueces y funcionarios que deberían responder a la ley y a su conciencia terminan convertidos en piezas de un mecanismo donde las decisiones parecen depender más de quién llama que de lo que establece la norma.
Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser individual, pues toda institución sometida deja de cumplir su función.
Y así una justicia que pierde independencia deja de ser justicia. Una fuerza de seguridad condicionada por intereses políticos deja de proteger a la ciudadanía, y un funcionario que necesita autorización para pensar difícilmente pueda defender los intereses de quienes no tienen poder para llamarlo por teléfono.
La genuflexión política también alcanza a quienes, desde la función pública o desde determinados espacios de comunicación, transforman la adulación en una forma de supervivencia. De pronto, quienes ayer cuestionaban pasan a elogiar; quienes exigían explicaciones comienzan a justificar; quienes hablaban de principios descubren oportunamente que los principios también pueden ser negociables.
Es el viejo culto al poderoso, actualizado con tecnología y redes sociales. Ya no siempre hacen falta látigos ni cadenas. Basta un cargo, un contrato, un cupo, una promesa o la expectativa de algún beneficio. El sometimiento puede ser voluntario y hasta presentarse como lealtad.
Lo verdaderamente preocupante es que esta práctica termina fabricando personas sin pensamiento propio y estructuras públicas sin autonomía. El ventrílocuo habla, mientras los muñecos repiten. Y cuando todos repiten la misma voz, la sociedad termina preguntándose dónde quedó la conciencia de quienes tenían la obligación de hablar por sí mismos.
La libertad no consiste solamente en poder caminar sin cadenas. También significa pensar, decidir y actuar sin que el poder de turno dicte cada movimiento. Para quienes ejercen una función pública, esa libertad debe estar acompañada de integridad.
Nadie debería necesitar arrodillarse ante un poderoso para cumplir con su deber. Mucho menos ante alguien que pretende comprar obediencias con dinero de origen dudoso o con las ventajas del poder.
Todo poder es temporal, todo cargo termina. Pero permanece la responsabilidad por los actos realizados mientras se tuvo la posibilidad de decidir.
