Hay derrotas que dejan una enseñanza y otras que dejan una extraordinaria cantidad de expertos en explicarlas. Después de los resultados municipales, particularmente en Ciudad del Este y Asunción, comenzaron a aparecer las acostumbradas interpretaciones de referentes colorados intentando explicar el revés electoral, con diagnósticos, recetas y hasta cátedras de conducta política e integridad.
El problema no está en analizar una derrota, pues todo partido serio debería hacerlo. Lo cuestionable aparece cuando algunos de los principales analistas son precisamente aquellos que no consiguieron convencer ni siquiera a sus propios correligionarios cuando tuvieron que disputar la interna partidaria.
Antes de pretender explicar por qué perdió el Partido Colorado frente a la oposición, habría que explicar por qué algunos de esos dirigentes perdieron previamente dentro de su propia casa.
En Asunción, Camilo Pérez llegó a la elección general después de haber ganado ampliamente la interna colorada, pero terminó cediendo la intendencia ante Soledad Núñez. En Ciudad del Este, Dani Mujica obtuvo una victoria aplastante frente al candidato colorado. La propia dirigencia nacional ya reconoce que ambas derrotas constituyen un golpe político, aunque el balance territorial de la ANR haya sido favorable en términos generales.
Pero una cosa es analizar los números y otra bastante distinta es utilizarlos selectivamente para construir una explicación que exonere responsabilidades.
Escuchar lecciones de estrategia, liderazgo, renovación o integridad de quienes no lograron superar el primer filtro electoral, es como recibir instrucciones de analfabetos. Si no consiguieron convencer a quienes comparten partido, estructura, símbolos y hasta historia política, resulta bastante difícil sostener que, fuera de esa burbuja, habrían producido un resultado mejor. Lo más probable que las catástrofes electorales hubieran sido más severas.
Es como si el muerto se asustara del degollado.
Y peor todavía cuando quien pretende convertirse en juez de la conducta ajena carga con un prontuario político que no precisamente le otorga autoridad moral para repartir certificados de pureza.
La política, por supuesto, permite que todos opinen. Lo que no garantiza es que todas las opiniones tengan el mismo valor. Una cosa es una autocrítica y otra una sentencia dictada para protegerse de ella.
No hay que buscar confundir el diagnóstico con la defensa propia.
El que perdió una interna fracasó primero “en su casa”. Esa realidad debería recomendar prudencia antes que cátedra.
Tal vez la verdadera renovación comience precisamente cuando quienes perdieron dejen de explicar por qué tenían razón y empiecen a preguntarse por qué no lograron convencer. Más todavía cuando el causante de la caída de antaño de la intendencia esteña, sea quien hoy se vuelve inquisidor y profeta del día despúes .
