Editorial

La estupidez viral

Como un verdadero trastorno mental, la búsqueda desesperada de unos segundos de fama está llevando a niños, adolescentes y jóvenes a protagonizar situaciones que dejaron de ser simples travesuras para convertirse en verdaderas conductas de riesgo. El problema no es solamente la existencia de las redes sociales, sino la facilidad con que la necesidad de aceptación, los “likes” y la presión del grupo pueden convertir una estupidez en una tragedia.

Paraguay ya tiene ejemplos suficientemente cercanos. En enero de este año, un joven de 19 años fue detenido en Minga Guazú después de aparecer en un video colocándose deliberadamente frente a un camión en circulación sobre la ruta PY02, apartándose apenas segundos antes de ser atropellado. La Policía incluso informó que lo encontró nuevamente grabando otro desafío.

Meses después, otro video mostró a niños y adolescentes sobre el separador de la misma ruta, en la zona de Capiatá e Itauguá, exponiéndose peligrosamente al paso de camiones de gran porte. El espectáculo consistía, precisamente, en acercarse al peligro y festejar haberlo sorteado. No es una particularidad paraguaya. En Estados Unidos, la denominada “Benadryl Challenge” llevó a adolescentes a ingerir dosis peligrosas de un medicamento para provocar efectos alucinatorios.

La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) advirtió que la sobredosis puede producir problemas cardíacos, convulsiones, coma e incluso la muerte. Otro caso, el llamado “blackout challenge”, terminó con la muerte de una niña de 10 años en 2021; posteriormente, un tribunal federal estadounidense permitió que avanzara una demanda contra TikTok relacionada con la recomendación algorítmica de ese contenido.

Y mientras algunos siguen creyendo que todo se reduce a “cosas de chicos”, en Paraguay las propias autoridades educativas tuvieron que intervenir ante amenazas de supuestos tiroteos en instituciones escolares difundidas como retos virales. El asunto exige controles. No se trata de demonizar la tecnología ni de pretender que los menores vivan aislados del mundo digital. Se trata de reconocer que un niño no posee necesariamente la madurez suficiente para dimensionar las consecuencias de aquello que encuentra en una pantalla.

Las plataformas deben asumir responsabilidades y los mecanismos de protección para menores deben ser mucho más rigurosos. Pero ninguna aplicación puede reemplazar a los padres. Este es el punto principal. Hay una diferencia enorme entre saber dónde está un hijo porque aparece “en línea” y estar verdaderamente presente en su vida. La supervisión parental no consiste únicamente en controlar el teléfono, sino en conocer amistades, intereses, angustias, comportamientos y contenidos que consume.

Hablar antes de que ocurra el problema sigue siendo infinitamente más eficaz que lamentarlo después. El Estado tiene obligaciones de regulación y prevención. Las plataformas tienen responsabilidades sobre sus sistemas y contenidos. Las instituciones educativas deben alertar y formar. Pero la primera línea de defensa continúa siendo la familia.

El verdadero desafío viral no es conseguir millones de reproducciones, es conseguir que una generación entienda que ninguna cantidad de “likes” vale una vida. Y si los adultos están físicamente ausentes mientras creen cumplir su deber enviando un mensaje por WhatsApp, quizá el problema no esté solamente en la pantalla que miran los hijos, sino en la distancia que existe entre ellos y quienes deberían estar a su lado.

Últimas

Inicio