Una elección es el momento en que la ciudadanía entrega, por un período determinado, una cuota importante de su poder a quienes tendrán la responsabilidad de administrar los recursos públicos y decidir el rumbo de la comunidad. Las elecciones municipales del próximo 4 de octubre ofrecen nuevamente esa posibilidad. En los 263 distritos del país se elegirán intendentes y miembros de las Juntas Municipales para el período 2026-2031.
Pero más allá de la dimensión nacional del proceso, cada ciudadano debería entender que está decidiendo sobre la ciudad en la que vive, trabaja, educa a sus hijos y paga impuestos. Estos días previos al acto electoral deberían servir para, fuera del ruido de candidaturas, interiorizarse de las propuestas, revisar antecedentes, conocer equipos y, sobre todo, observar el testimonio de quienes pretenden administrar la cosa pública.
No se puede construir credibilidad solamente con discursos electorales. El ciudadano tiene derecho a preguntarse qué hicieron antes quienes ya tuvieron responsabilidades, qué pueden mostrar y qué resultados dejaron. También corresponde examinar si aquello que prometen ahora guarda relación con su conducta, sus decisiones y sus antecedentes.
En Ciudad del Este, esa evaluación debería ser particularmente rigurosa. La ciudad no puede ser examinada únicamente desde el escenario de una campaña. Hay que mirarla desde los barrios, las calles, el tránsito, la limpieza, los raudales, la seguridad, los espacios públicos, la infraestructura y la administración de los recursos municipales. Si la ciudad no está precisamente para aplaudir, entonces algo no se hizo bien. Y esa realidad debería pesar más que cualquier discurso.
El voto no debe convertirse en premio por simpatía, castigo por fanatismo ni adhesión automática a una bandera partidaria. Tampoco debería comprarse con favores, promesas personales o el viejo mecanismo de hacer sentir al elector que debe agradecer aquello que, en realidad, constituye una obligación de quien administra recursos públicos.
Dar valor al acto electoral significa comprender que cada voto tiene consecuencias. No se trata solamente de elegir un nombre para la Intendencia, sino también de definir quiénes integrarán la Junta Municipal y, por tanto, quiénes deberán controlar, proponer, fiscalizar y acompañar, cuando corresponda, la gestión municipal.
La democracia ofrece periódicamente la oportunidad de corregir, ratificar o cambiar. Para que esa posibilidad tenga verdadero valor, el elector debe ejercerla con memoria y criterio. En estos días finales, más que escuchar lo que los candidatos dicen que harán, conviene observar lo que han demostrado ser capaces de hacer. La propaganda puede pintar una ciudad ideal; la realidad, en cambio, está a la vista. Cuando llegue el momento de votar, quizá la mejor pregunta no sea quién promete más, sino quién ofrece mayores razones para creer que la ciudad puede estar mejor administrada que hasta ahora.
