Editorial

Los buenos y los malos

El contexto político pareciera tener una dimensión distinta a la del resto de los ámbitos sociales. En él, la virtud no depende de la conducta de una persona, sino del lado de la vereda en que decide ubicarse. De esta manera, un supuesto dirigente puede cargar con todos los pecados políticos imaginables y convertirse súbitamente en “uno de los buenos” cuando ofrece su respaldo electoral. En cambio, quien se mantiene como adversario puede ser presentado como lo peor de la política, aunque su trayectoria sea limpia, transparente y sin cuestionamientos.

La paradoja hace que los pecados dejan de importar cuando el pecador entrega votos, y las virtudes dejan de valer cuando pertenecen al adversario. Esta manera de construir la política constituye una falta de respeto hacia la inteligencia ciudadana. Pretender que el electorado acepte sin cuestionamientos que los mismos personajes condenados ayer sean recibidos hoy como aliados ejemplares supone creer que la gente carece de discernimiento. No funciona así. No es tan fácil embaucar.

La política puede construir acuerdos y nadie debería escandalizarse porque sectores diferentes encuentren coincidencias. Pero si es cuestionable intentar vender esas coincidencias como una repentina transformación moral de quienes hasta ayer eran señalados como responsables de todos los males del universo. Un acuerdo político no convierte a un cuestionado en virtuoso, del mismo modo que una rivalidad electoral tampoco convierte automáticamente a una persona honesta en corrupta.

Evaluar a las personas por sus actos, su trayectoria, su integridad y su capacidad de demostrar con hechos aquello que proclaman, sí es algo debido. Si alguien tiene una foja cuestionable, seguirá teniéndola aunque se incorpore a una alianza. Y si alguien posee una trayectoria transparente, no se vuelve deshonesto simplemente porque compita electoralmente contra quien pretende gobernar.

El problema aparece cuando, en lugar de argumentos, se recurre al golpe mediático. Una fotografía, una declaración estridente, una adhesión presentada como acontecimiento histórico o una etiqueta oportunista pueden generar titulares y alimentar las redes sociales, pero no sustituyen la realidad de incoherencia e inmoralidad. La ciudadanía puede ser sorprendida momentáneamente por el espectáculo, pero ve las calles, los servicios públicos, la seguridad, la salud, la administración de los recursos y, también, observa las contradicciones de quienes pretenden convencerla de que blanco y negro cambian de color según la necesidad electoral.

La desesperación por sumar adhesiones no debería llevar a semejante ejercicio de malabarismo político. Cuando los “buenos” son quienes apoyan y los “malos” son quienes discrepan, independientemente de sus antecedentes, estamos ante una clasificación de conveniencia. Y eso se llama, sin términos medios, oportunismo.

Los ciudadanos no necesitan políticos que les expliquen quién es bueno y quién es malo según el resultado de una negociación. Necesitan dirigentes capaces de aplicar el mismo estándar a aliados y adversarios. La honestidad que depende del voto ajeno no es honestidad. Y la corrupción que desaparece cuando llega el respaldo tampoco deja de ser corrupción. Guste o no.

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