Las preguntas de siempre circulan el ambiente del coloradismo, en este nuevo aniversario de la Asociación Nacional Republicana. El Partido Colorado debería ser motivo de orgullo por su extensa trayectoria en la historia política paraguaya, pero hoy carga con una reputación severamente mellada. Y lo más doloroso para sus propios afiliados es que no son sus principios los que están en entredicho, sino las prácticas de quienes, después de llegar al poder con la camiseta colorada, terminaron priorizando bolsillos y ambiciones antes que los intereses de la ciudadanía.
Hay rechazo y ello no es disimulable. La gente no necesariamente repudia la doctrina ni la historia del coloradismo; cuestiona la conducta de demasiados de sus representantes. No son las banderas de justicia social, unidad nacional o defensa de la República las que generan hastío, sino la facilidad con que algunos dirigentes las traicionan cuando el poder ofrece beneficios particulares. El problema del coloradismo no es un déficit de historia, sino un exceso de malas prácticas. Y ningún aniversario, por solemne que sea, alcanza para maquillarlo.
La deuda es enorme y no se salda con discursos. ¿Cómo corregir los errores cuando algunos todavía ocupan titulares? ¿Cómo hablar de renovación mientras se reciclan los mismos nombres, incluso aquellos más asociados a cuestionamientos judiciales que a servicios prestados a la ciudadanía? La renovación política comienza cuando el propio partido deja de confundir lealtad partidaria con complicidad. La ANR necesita gestión, resultados que demuestren que el poder público puede utilizarse para servir a la gente y no para alimentar camarillas enquistadas en las instituciones.
La política no fue concebida para sostener privilegios, sino para organizar la sociedad y mejorar la vida colectiva. En ese terreno, el coloradismo, que históricamente se atribuye una profunda identificación con el pueblo, tiene mucho que explicar y mucho más que reparar. Honestidad, transparencia, responsabilidad y cercanía no pueden permanecer como palabras de discursos partidarios mientras algunos dirigentes las reemplazan por prebendas, negocios y protección mutua.
El coloradismo tiene logros que reconocer y una responsabilidad innegable como partido de gobierno. Precisamente por eso, su desafío no es solamente conservar el poder, sino recuperar la confianza que el comportamiento de muchos de sus actores ha erosionado. En este aniversario conviene visualizar caminos.
Y si se quiere hay dos. Persistir en la soberbia y el inmovilismo, profundizando la distancia con la ciudadanía, o asumir una renovación real, capaz de separar al servidor público del oportunista y al militante comprometido del mercenario del poder.
El reloj político no se detiene. El pueblo tampoco olvida. Son realidades que manejar por la cúpula y por la dirigencia de base. Cuando el hartazgo se convierte en convicción, la factura se convierte en resultado electoral.
