Editorial

La necesidad de una ciudadanía más activa

La degradación de la política ha llegado al extremo de instalar la idea de que la participación ciudadana comienza y termina en los partidos políticos. Esa deformación convierte a la política en un instrumento para servirse del poder, alimentado tanto por los politiqueros que se mimetizan para lucrar como por una ciudadanía apática que observa, critica y finalmente permanece inerte ante lo que ocurre.

Desde los orígenes de la organización social, las comunidades necesitaron dirigentes capaces de conducir esfuerzos destinados a garantizar seguridad, orden y bienestar. Quienes asumían esa responsabilidad eran, en otros tiempos, personas reconocidas por su capacidad de lucha, ingenio, liderazgo o incluso por su linaje. ¿Qué cambió entonces? No solamente cambiaron los tiempos. Cambió, sobre todo, la capacidad de los dirigidos para exigir conductas concretas a quienes reciben la responsabilidad de conducirlos.

Hoy, buena parte del país soporta autoridades ineptas, voraces y preocupadas por sus propios intereses, porque encuentran escasa resistencia ciudadana. El problema no está únicamente en quienes abusan del poder, sino también en una sociedad que ha aprendido a soportarlo con demasiada resignación. No se trata de pretender que todos sean dirigentes políticos ni de convertir a cada ciudadano en militante de algún partido. Se trata de comprender que la ciudadanía tiene deberes además de derechos.

La democracia no termina al depositar un voto en una urna. Allí comienza la responsabilidad de controlar, preguntar, reclamar, denunciar y exigir resultados. La moralidad, la capacidad, la honestidad y el patriotismo dejaron de ser condiciones determinantes para muchas candidaturas, en buena medida porque quienes deberían defender esos valores han preferido la indiferencia. Así prosperan la corrupción, la mezquindad, el egocentrismo y el capricho de seudo líderes.

El letargo ciudadano termina convirtiéndose en cómplice involuntario de aquello que después se condena. Si continúa la mediocridad de la función pública, no toda la responsabilidad puede atribuirse a quienes gobiernan. También debe preguntarse qué hizo la sociedad para impedirlo. Una población acostumbrada a soportar imposiciones y una ciudadanía experta en solo criticar, es el escenario perfecto para que lo poco prospere.

No hace falta cambiar de partido ni inventar otra ideología para transformar esta realidad. Hace falta una población más atenta, informada y protagonista. Ciudadanos que no teman exigir explicaciones y responsabilidades son precisamente aquello que más incomoda a quienes pretenden administrar lo público como patrimonio personal. La sociedad, en buena medida, termina reflejándose en sus dirigentes. Si cada elección permite que el populismo vista nuevamente el traje de salvador y, una vez instalado en el poder, exhiba sus miserias, la cadena seguirá repitiéndose.

Una comunidad con valores primero debe comprender qué significa hacer verdadera política para después exigirla. El verdadero poder pertenece al pueblo, no a organizaciones políticas que periódicamente se presentan como mesías y únicos salvadores de la patria. El país que se anhela no será construido por espectadores. Será construido cuando la ciudadanía deje de limitarse a observar y dé el paso decisivo hacia la acción responsable, permanente y correcta.

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