Editorial

Gritar la falta de argumento y altura moral

Hay un sector de la oposición que parece haber confundido el ejercicio de la política con un concurso de agravios, gritos y descalificaciones. En los estamentos de poder, particularmente en el Congreso, son cada vez más frecuentes las escenas donde el volumen de la voz pretende reemplazar la solidez de los argumentos, y donde el espectáculo termina ocupando el espacio que debería corresponder al debate serio. El problema no es solamente estético. Es político y, fundamentalmente, democrático.

Quienes se presentan como alternativa al coloradismo tienen la obligación de demostrar que pueden hacer las cosas de manera diferente. No basta con denunciar al adversario, señalar sus errores o convertir cada sesión en una tribuna para el insulto. Si la oposición pretende convencer a la ciudadanía de que puede administrar mejor el poder, primero debe demostrar que sabe ejercerlo con responsabilidad, inteligencia y altura.

La verdad no está del lado de quien grita más. Tampoco el argumento se vuelve más sólido porque sea acompañado de gesticulaciones, golpes de efecto o discursos preparados para las redes sociales. En el Poder Legislativo, la representación popular debería expresarse mediante proyectos, fundamentos, fiscalización rigurosa y posiciones capaces de resistir el contraste con los hechos. Sin embargo, demasiadas veces algunos legisladores parecen más interesados en fabricar escenas para sus seguidores que en construir soluciones para quienes los eligieron.

El oportunismo y el agravio pueden servir para persuadir a incautos durante algunos minutos. Pueden generar aplausos digitales, titulares fáciles y algún momento de viralización. Pero con eso no se construye una alternativa de poder. Se construye, apenas, bochorno. Y sería injusto afirmar que no existen argumentos para cuestionar al oficialismo. Sobran. Existen problemas reales, decisiones discutibles, contradicciones y deficiencias que merecen ser denunciadas y debatidas.

Precisamente por eso resulta todavía más decepcionante que algunos opositores desperdicien esas oportunidades recurriendo al insulto cuando podrían destrozar políticamente a sus adversarios simplemente exponiendo los hechos. Una oposición inteligente no necesita vociferar para desnudar una mala gestión. Necesita documentos, cifras, leyes, antecedentes y capacidad para explicar al ciudadano por qué determinada decisión es equivocada y cuál sería la alternativa. Lo que sobresale de una oposición no debería ser la capacidad de gritos de sus dirigentes, sino su capacidad intelectual y moral para ejercer el control del poder.

Quien acusa corrupción, abuso, nepotismo o incompetencia debe cuidar con mayor rigor su propia conducta, pues es fácil desnudar pecados ajenos, mientras se busca esconder la propia miseria. Quien pretende representar una renovación política no puede reproducir las mismas miserias que denuncia. La política necesita confrontación, naturalmente. Una democracia sin oposición crítica sería una democracia “te de naranja”. Pero confrontar no significa insultar.

Disentir no significa humillar. Fiscalizar no significa montar un espectáculo. Muy pocos opositores parecen comprender que el verdadero liderazgo se construye precisamente allí donde termina el grito y comienza el argumento.  No porque falten razones para discutir, sino porque para hacerlo se necesita preparación, inteligencia, disciplina y una estatura moral más allá de levantar la voz.

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