Editorial

Identidad Nacional

Cada 14 de agosto, Paraguay pone en relieve a uno de sus símbolos más profundos de todo pueblo, su bandera.

No se trata simplemente de un paño de tres colores que flamea en una plaza, en una escuela, en una institución pública o en una vivienda. Es el símbolo patrio por excelencia, aquel que representa a una nación y que, para cualquier paraguayo, adquiere un significado especial cuando aparece lejos de la tierra donde nació.

Una bandera es mucho más que sus colores. Es memoria, identidad, pertenencia y también compromiso. En sus franjas se resume buena parte de la historia de un pueblo, sus luchas, sus sacrificios, sus esperanzas y el deseo permanente de construir un futuro mejor.

Encontrarse con la bandera paraguaya en cualquier rincón del mundo, produce una emoción difícil de explicar para quien no comprende lo que significa pertenecer a una nación.

Pero honrar una bandera no consiste solamente en izarla en una fecha determinada, colocarla en un acto oficial o llevarla como elemento decorativo. Menos en utilizarla como recurso para discursos patrióticos que luego se contradicen con los actos cotidianos. Respetar el pabellón nacional implica comprender y practicar los valores que de ella surgen.

¿De qué sirve hablar de patriotismo si no somos capaces de respetar al compatriota? ¿Qué sentido tiene enarbolar la bandera si quienes dicen defenderla toleran la corrupción, el abuso, la injusticia, el desprecio por las leyes y el saqueo de los recursos que pertenecen a todos? La bandera no puede convertirse en una simple escenografía para solemnidades. Debe interpelarnos, amoldarnos y guiarnos.

Llevar consigo la bandera paraguaya, física o simbólicamente, tiene que significar llevar también la responsabilidad de representar dignamente al país. Allí donde se encuentre un paraguayo, también está, de alguna manera, una representación del Paraguay. Sus actos, su honestidad, su trabajo y su conducta hablan tanto de la nación como cualquier pabellón flameando al viento.

Por eso, el Día de la Bandera debe ser mucho más que una celebración protocolar para redes sociales. Es una oportunidad para recordar que la patria no está únicamente en el territorio. Está en la memoria, en la cultura, en la historia y, sobre todo, en la conducta de quienes la integran.

Que nuestra bandera siga flameando con orgullo. Pero que ese orgullo no se quede en los colores. Que cada paraguayo pueda llevarla consigo como una identificación de los valores que está dispuesto a defender.

El pabellón grita libertad, dignidad, honestidad, solidaridad y compromiso con el bien común.

La roja, blanca y azul, representa a un pueblo. Y un pueblo demuestra cuánto honra su bandera cuando convierte en conducta diaria aquello que ella simboliza.

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