La situación del Instituto de Previsión Social continúa representando una de las mayores preocupaciones para cientos de miles de asegurados que, más allá de los discursos y las promesas, necesitan respuestas concretas. La salud no concede prórrogas ni entiende de tiempos administrativos. Mientras las autoridades planifican, reorganizan o evalúan procesos, existen pacientes esperando una consulta especializada, una cirugía impostergable o simplemente el medicamento indispensable para continuar viviendo.
La conducción actual del IPS ha transmitido señales que permiten deducir que hay voluntad de corregir el rumbo. Las verificaciones en hospitales, el reconocimiento público de múltiples falencias y la intención de transparentar procesos constituyen pasos positivos. Sin embargo, la buena predisposición, por sí sola, no cura enfermedades, no abastece farmacias ni reduce las listas de espera. El verdadero desafío consiste en convertir esas intenciones en resultados visibles y medibles en el menor tiempo posible.
Durante años, el ente previsional fue utilizado por administraciones que privilegiaron intereses particulares antes que la misión para la cual existe. La improvisación, la corrupción, las licitaciones cuestionadas, la deficiente planificación y la escasa rendición de cuentas fueron erosionando la capacidad de respuesta de una institución sostenida con el aporte de trabajadores y empleadores.
Quienes administraron esos recursos como si fueran patrimonio propio no solamente atentaron contra las finanzas del instituto; también comprometieron la salud y la vida de miles de paraguayos.
Las consecuencias están a la vista. Pacientes que deben peregrinar entre oficinas para conseguir autorizaciones, cirugías postergadas, falta de medicamentos esenciales, equipos que requieren mantenimiento y profesionales que, pese a su esfuerzo cotidiano, trabajan bajo condiciones que muchas veces dificultan brindar una atención de excelencia.
El caos administrativo termina trasladándose directamente al paciente, que suele ser el eslabón más vulnerable de toda la cadena. Precisamente por ello, el margen para la paciencia se ha reducido al mínimo. Cada día que transcurre sin soluciones efectivas representa nuevas complicaciones para personas que no pueden esperar. La reorganización interna debe acelerarse, los procesos de compra necesitan mayor eficiencia y transparencia, el abastecimiento de insumos debe normalizarse y la atención al asegurado tiene que recuperar la dignidad que perdió hace mucho tiempo. La ciudadanía comprenderá que no todos los problemas pueden resolverse de inmediato, pero también exige evidencias de que el cambio ya comenzó.
El IPS constituye el pilar de la seguridad social paraguaya y merece ser administrado con el mismo compromiso con el que los asegurados cumplen mensualmente sus obligaciones. No basta con identificar el desastre heredado ni con señalar a quienes lo provocaron, aunque las responsabilidades deban investigarse y sancionarse hasta las últimas consecuencias. La prioridad consiste en devolverle funcionalidad a una institución indispensable para el país. Más resultados, menos show.
