Editorial

La normalización de la violencia

Hay síntomas que evidencian el deterioro de una sociedad mucho antes que las estadísticas oficiales. Uno de ellos es la naturalización de la violencia. Cuando el agravio reemplaza al diálogo, la agresión se convierte en respuesta automática y el daño al prójimo deja de generar remordimiento, algo profundo y preocupante está ocurriendo. Lamentablemente, el Paraguay, y particularmente muchas comunidades del Alto Paraná, parecen transitar ese camino como parte del paisaje social.

La violencia ya no se limita a los hechos delictivos que ocupan titulares. Se manifiesta en el tránsito, en las redes sociales, en los espectáculos deportivos, en las aulas, en los hogares y hasta en las relaciones más cotidianas. Se insulta con facilidad, se amenaza con ligereza y se golpea con una rapidez que espanta. Lo peor no es únicamente que ocurra, sino que cada vez sorprende menos.

Existe además una preocupante cultura del exceso. Muchos actúan convencidos de que la fuerza impone respeto, cuando en realidad solo evidencia pobreza de argumentos. El daño por el simple hecho de dañar se ha convertido para algunos en una extraña forma de satisfacción. Destruir bienes públicos, humillar al adversario, difamar sin pruebas o agredir físicamente son conductas asumidas con una normalidad que debería avergonzarnos como sociedad.

En las rutas nacionales y en las calles de nuestras ciudades, esa misma lógica encuentra su escenario más cruel. Conductores que convierten el volante en un arma, motociclistas que desafían toda norma elemental de seguridad y peatones que también desprecian las reglas básicas de convivencia alimentan diariamente una estadística de accidentes que hace tiempo dejó de ser casualidad. La imprudencia continúa cobrando vidas, pero sigue siendo practicada como si la tragedia siempre le ocurriera a otro.

No es un problema exclusivo de controles policiales ni de sanciones más severas, aunque ambas sean necesarias. Se trata, sobre todo, de una crisis cultural. Cuando el respeto pierde valor y la empatía desaparece, la violencia encuentra terreno fértil para expandirse. Ninguna ley podrá reemplazar la educación recibida en el hogar ni los principios que deberían cultivarse desde la infancia.

Resulta paradójico que una sociedad que dispone de más información, mayor acceso a la educación y mejores herramientas de comunicación exhiba, al mismo tiempo, semejantes niveles de brutalidad. La tecnología avanzó; la convivencia, en demasiados casos, retrocedió.

Algunos aprendieron a utilizar dispositivos cada vez más sofisticados, pero olvidaron comportarse como seres civilizados.

La desinteligencia jamás debería confundirse con carácter, ni la brutalidad con valentía. Una comunidad madura no es aquella donde prevalece el más fuerte, sino donde impera la razón, el respeto y el cumplimiento de normas que protegen a todos.

El progreso no se mide únicamente por edificios, rutas o indicadores económicos. También se refleja en la capacidad de una comunidad para resolver sus diferencias sin destruirse a sí misma.

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