Editorial

Perorata electoral

Con el inicio oficial del periodo de propaganda electoral para las elecciones municipales, la democracia abre una importante etapa. Al menos en teoría. Este debería ser el tiempo en que los candidatos expongan con claridad sus programas de gobierno, presenten proyectos realizables, expliquen cómo administrarán los recursos públicos y convenzan a la ciudadanía mediante argumentos, capacidad y credibilidad.

La propaganda electoral tendría que ser una auténtica herramienta de información para que el elector compare propuestas y vote con conocimiento de causa.

Lamentablemente, la práctica dista demasiado de ese ideal. En gran parte del escenario político, la discusión de ideas ha sido desplazada por campañas de desprestigio, operaciones de manipulación y ataques personales que poco o nada aportan a resolver los problemas cotidianos de los municipios. La competencia electoral deja de girar en torno a quién ofrece mejores y reales soluciones para transformarse en una batalla por destruir la imagen del adversario, aunque para ello deban utilizarse medias verdades, desinformación o simples mentiras.

Y en ese juego, los protagonistas elementales son medios de comunicación que abandonan su función social para convertirse en instrumentos de propaganda encubierta. No pocos espacios informativos terminan alquilando su credibilidad al mejor postor, difundiendo contenidos disfrazados de periodismo cuando en realidad responden a estrategias electorales financiadas. La noticia deja de informar para convertirse en mercancía, y el ciudadano termina siendo víctima de un bombardeo de mensajes diseñados para manipular emociones antes que para despertar el pensamiento crítico.

La Justicia Electoral ha establecido reglas claras para el desarrollo de la propaganda política, precisamente con el propósito de fortalecer la transparencia y garantizar igualdad de oportunidades entre los competidores. Sin embargo, las herramientas concebidas para enriquecer el debate democrático terminan siendo desvirtuadas por quienes consideran que una campaña consiste únicamente en instalar relatos, fabricar enemigos o comprar espacios de influencia. La ley puede fijar plazos y límites, pero difícilmente podrá reemplazar la ética de quienes participan del proceso.

Las elecciones municipales poseen una particular relevancia porque de ellas dependen las autoridades más cercanas a la ciudadanía. Intendentes y concejales administran servicios esenciales, planifican el crecimiento urbano, gestionan recursos y toman decisiones que impactan diariamente en la calidad de vida de los vecinos. Precisamente por ello, el debate debería centrarse en la capacidad de gestión, la preparación técnica, la honorabilidad y los antecedentes de quienes aspiran a esos cargos. Esos atributos quedan relegados frente al marketing vacío, la popularidad artificial o la simple capacidad económica para inundar las calles y las redes sociales con propaganda.

La democracia pierde calidad cuando el voto se conquista mediante la manipulación y no mediante la convicción. Elegir autoridades locales no debería ser un concurso de insultos, una competencia de campañas negativas ni una subasta de espacios mediáticos. Debería ser un ejercicio de responsabilidad colectiva, donde las propuestas prevalezcan sobre las descalificaciones y donde la ciudadanía pueda distinguir con claridad quién está preparado para administrar el interés público y quién solo busca acceder al poder.

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