Editorial

Ciencia no exacta

En teoría las elecciones internas terminan cuando se cierran las urnas, pero la verdadera ingeniería política apenas comienza. A partir de ese momento entran en juego distintas formas de “inteligencia” electoral, que incluye la emocional, territorial, la estratégica y, sobre todo, la capacidad de interpretar correctamente el comportamiento de los votantes. Pocas veces la suma de voluntades equivale a la suma de votos, como tampoco las diferencias personales necesariamente conducen a derrotas. En política, las matemáticas rara vez son exactas.

El coloradismo de Ciudad del Este vuelve a encontrarse frente a un dilema que se repite desde hace décadas. El tradicional “abrazo”,  donde el precandidato derrotado acompaña al vencedor de las internas en las elecciones generales, vuelve a ser objeto de debate. Sin embargo, esta vez existe con la diferencia que los desacuerdos ya no se administran en reuniones reservadas ni detrás de puertas cerradas, se gritan.

Las molestias, los rechazos y las condiciones se expresan públicamente, dejando al descubierto fracturas que antes se intentaban disimular por disciplina partidaria.

La postura asumida por los principales referentes que respaldan a Rigoberto Chamorro, de mantener distancia con los sectores identificados principalmente con Javier Zacarías, parece responder a un cálculo electoral antes que a profundas diferencias doctrinarias. La “estrategia” es evitar cargar con un nivel de rechazo que consideran elevado para intentar conquistar votos más allá del electorado cautivo. Desde la teoría, la hipótesis puede resultar razonable. En la práctica, el escenario es bastante menos simplista.

Sería un error atribuir los cerca de trece mil votos obtenidos por Magno Álvarez exclusivamente a la figura del candidato. Detrás de ese resultado existió una estructura partidaria que trabajó intensamente durante meses, con dirigentes barriales, operadores políticos, referentes territoriales y una maquinaria que movilizó afiliados en cada rincón de Ciudad del Este. Pensar que ese caudal electoral migrará automáticamente hacia otro proyecto, simplemente porque el candidato perdió la interna, constituye una simplificación que la experiencia política desmiente una y otra vez.

Los votos no son bienes transferibles mediante una declaración pública ni obedecen mecánicamente a los acuerdos entre dirigentes. La dirigencia de base continúa siendo el verdadero músculo electoral de cualquier campaña. Son esos líderes quienes sostienen el contacto cotidiano con los afiliados, organizan la movilización y convierten el respaldo político en votos efectivos el día de la elección. Ignorar ese factor puede terminar convirtiendo una estrategia cuidadosamente diseñada en un cálculo equivocado.

También es cierto que existen adhesiones que restan y alianzas que generan más costos que beneficios. Pero esa realidad obliga precisamente a realizar evaluaciones más inteligentes y menos emocionales. En política, mirar únicamente el árbol suele impedir comprender el bosque completo. Cada decisión debe medirse no solo por el rechazo que evita, sino también por la estructura que fortalece o debilita.

Nada garantiza que un abrazo político sume votos, como tampoco un distanciamiento asegura conquistar nuevos electores. Entre ambas posibilidades existe un amplio terreno de incertidumbre donde se definirán las próximas elecciones. El verdadero desafío radica en construir una estrategia capaz de equilibrar imagen, estructura y territorio.

Las campañas no se ganan únicamente con cálculos de laboratorio, y no hay ciencia muy exacta en asuntos electorales.

Últimas

Inicio