Durante años, las carencias acumuladas en el Instituto de Previsión Sociales han destrozado la confianza en una institución que debería representar tranquilidad para trabajadores activos, jubilados y sus familias. Por ello, resulta positivo que el nuevo titular del IPS haya optado por recorrer hospitales, verificar personalmente las condiciones de atención y escuchar de primera mano las inquietudes de funcionarios y pacientes. Conocer la realidad sobre el terreno siempre será preferible a administrarla desde una oficina.
Sin embargo, la inspección in situ constituye apenas el punto de partida. La ciudadanía no necesita únicamente diagnósticos, porque esos abundan desde hace décadas. Lo que reclama son decisiones, ejecución y resultados concretos. Los problemas del IPS están suficientemente identificados. Hace años que no hay dudas sobre falta de medicamentos, demoras para acceder a consultas con especialistas, equipos fuera de servicio, largas esperas para estudios médicos, infraestructura deteriorada, negociados y procesos administrativos que convierten la atención sanitaria en un recorrido agotador para quienes ya enfrentan una enfermedad.
Nadie sensato pretende que semejante acumulación de deficiencias desaparezca de un día para otro. Sería irresponsable exigir milagros administrativos. Pero tampoco puede aceptarse que la complejidad de los problemas sirva como argumento para prolongar indefinidamente las soluciones. En materia de salud, los tiempos de la burocracia no pueden imponerse sobre los tiempos de la enfermedad.
Cada consulta postergada puede significar un diagnóstico tardío, todo medicamento ausente representa un tratamiento interrumpido y cualquier equipo averiado obliga a un paciente a esperar cuando su condición médica exige rapidez. En salud, las demoras no son simples inconvenientes administrativos, tienen consecuencias humanas irreparables.
La nueva administración tiene la oportunidad de demostrar que la gestión pública puede medirse por resultados y no únicamente por anuncios. Las recorridas deben transformarse en planes de acción con cronogramas verificables, prioridades definidas y soluciones que comiencen a percibirse en el corto plazo. La transparencia también exige informar qué problemas serán resueltos primero, cuáles demandarán mayor inversión y qué plazos concretos pueden esperar los asegurados.
El ente previsional no necesita únicamente un buen administrador, sino un conductor capaz de imprimir dinamismo a una institución que durante demasiado tiempo ha convivido con la resignación. La previsibilidad en la provisión de medicamentos, la recuperación de equipos médicos, la agilización de turnos y el fortalecimiento de los servicios esenciales deberían convertirse en objetivos inmediatos y medibles.
La salud no concede prórrogas ni entiende de discursos. Mientras se elaboran diagnósticos y se diseñan estrategias, miles de asegurados siguen esperando una consulta, un estudio, un medicamento o una cirugía. Esa realidad obliga a que la gestión avance con un sentido de urgencia permanente. Cuando la necesidad es médica, cada día de demora pesa demasiado. La mejor inspección será siempre aquella cuyos resultados puedan percibirse en la atención que recibe el paciente.
