Hoy, el liberalismo paraguayo celebra un año más de existencia, en medio de realidades negativas repetidas hace años. Si existe un responsable principal de la prolongada decadencia del Partido Liberal Radical Auténtico, no hay que buscarlo fuera de sus filas. Durante décadas, el mayor enemigo del liberalismo ha sido el propio liberalismo. Más precisamente, una dirigencia que sustituyó los principios por las conveniencias, el proyecto colectivo por la ambición personal y la vocación de servicio por la permanente disputa de espacios de poder.
En Ciudad del Este y el resto del Alto Paraná esa realidad resulta aún más evidente. El otrora partido de fuerte presencia regional fue perdiendo protagonismo no porque la ciudadanía dejara de valorar sus postulados históricos, sino porque muchos de sus referentes decidieron convertir la política en un negocio de intereses particulares. Cada elección interna terminó profundizando divisiones; cada acuerdo respondió más a cálculos individuales que al fortalecimiento institucional; cada oportunidad de reconstrucción fue sacrificada en el altar de las aspiraciones personales.
No puede sorprender, entonces, que el liberalismo haya dejado de ser una referencia electoral importante en el Este del país. Cuando la dirigencia transmite la imagen de que todo tiene precio y de que cualquier alianza es posible con tal de asegurar un cargo o una candidatura, el electorado responde con indiferencia. La confianza pública no se pierde por un accidente, sino por la acumulación de decisiones equivocadas que erosionan la credibilidad hasta volverla prácticamente inexistente.
Esa inconducta terminó normalizándose. El entreguismo político dejó de ser una excepción para convertirse, en una estrategia permanente. Se renunció a construir liderazgo propio para depender de proyectos ajenos, se abandonó la defensa de la identidad partidaria y se aceptó un papel absolutamente secundario que solo profundizó la irrelevancia del partido. Ninguna organización política puede aspirar a recuperar el respeto ciudadano mientras sus principales figuras actúen convencidas de que la subordinación es una forma aceptable de hacer política.
La intrascendencia no es producto de la mala suerte. Es la consecuencia lógica de años de mezquindad, personalismos y ausencia de visión estratégica. Mientras el interés individual continúe ubicándose por encima del interés institucional, el Partido Liberal seguirá alejándose de la posibilidad de recuperar el lugar que alguna vez ocupó en la vida democrática del Paraguay. No bastan discursos sobre unidad cuando, en los hechos, prevalecen la codicia y la competencia interna por cuotas de poder cada vez más reducidas.
La nueva conducción nacional del PLRA enfrenta, quizás, una de las responsabilidades más importantes de su historia reciente. No alcanza con reorganizar estructuras ni con preparar futuras candidaturas. El desafío consiste en reconstruir la esencia del liberalismo, rescatar su identidad doctrinaria y devolverle la dignidad política que muchos de sus propios dirigentes fueron debilitando con los años. Ello exige romper definitivamente con la cultura del acomodo y de la negociación permanente que ha caracterizado a demasiados referentes.
El liberalismo paraguayo no podrá renacer mientras siga autopercibiéndose como un actor condenado a depender de otros para sobrevivir. Un partido centenario no puede resignarse a ser un simple acompañante circunstancial de proyectos ajenos. Debe recuperar la confianza en sus propias ideas, formar nuevos liderazgos, depurar a quienes utilizan la estructura para fines personales y volver a representar una alternativa seria para la ciudadanía.
