La vida está repleta de apariencias, de ilusiones cuidadosamente proyectadas en una sociedad que muchas veces profesa externamente valores que, en su interior, rechaza abiertamente.
El parecer antes que el ser prevalece en casi todos los estamentos de la comunidad. Desde nuestros propios hogares y lugares de trabajo, hasta las raíces mismas de una sociedad a la que frecuentemente criticamos, pero de cuyos vicios también participamos.
Esta doble moral es practicada con notable perfección por numerosos políticos y autoridades que, en discursos y mensajes, invocan a Dios, la honestidad, el bienestar general y la familia, mientras sus vidas contradicen cada una de sus expresiones, cumpliendo cabalmente aquello de: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.
Sin dudas, quienes ejercen algún tipo de liderazgo, para bien o para mal, son los más visibles. Pero centrarnos en observar nuestras propias acciones resulta mucho más justo y valedero, porque la corrección ajena rara vez genera tantos beneficios como el cambio personal.
Aparentar honestidad y hacer alarde de este valor pierde todo sentido cuando se sostiene una vida basada en actividades al margen de la ley, como el contrabando, las licitaciones amañadas, la recepción de dádivas o la evasión impositiva, cubriendo todo bajo un conveniente manto de legalidad.
En el ámbito laboral ocurre algo similar. Miles de personas recurren al “arte” del engaño para vender un producto u obtener beneficios económicos, sin medir consecuencias o, peor aún, convenciendo a sus propias conciencias de que “no hicieron nada malo” porque no robaron directamente. Aunque, en la práctica, el resultado termina siendo exactamente el mismo.
Lamentablemente, el “deber ser” continúa existiendo apenas como un ideal, mientras prevalece un “ser” cobarde e hipócrita, incapaz de comprender que fingir solo conduce a una doble vida que tarde o temprano termina delatándose de la peor manera.
En los hogares también se libra diariamente esa lucha entre lo correcto y lo incorrecto. Pero como ese combate exige esfuerzo y coherencia, para muchos resulta más cómodo aparentar hacer el bien que practicarlo verdaderamente.
La capacidad de discernimiento es una de las mayores diferencias entre el ser humano y los animales. Sin embargo, matrimonios donde apenas se fingen valores, padres que descuidan la educación moral y cristiana de sus hijos, maestros con vidas completamente desordenadas y sacerdotes que solo honran sus principios durante las homilías, reflejan con claridad cuán enferma se encuentra nuestra sociedad.
Y no únicamente por culpa de políticos deshonestos, sino también por la falsa moral de gran parte de sus integrantes.
Desde posturas controversiales hasta megalomanías patológicas, múltiples expresiones de decadencia adornan este triste intercambio entre el deber ser y un cómodo, permisivo y degenerado ser.
Existen incluso “damas de sociedad” generosas… aunque únicamente con el dinero ajeno. Una sociedad sostenida sobre apariencias termina siendo una comunidad vacía y mentirosa.
Los niños no aprenden principalmente de instrucciones teóricas, sino imitando las acciones de sus padres y seres queridos. Por eso, si realmente deseamos que crezcan fortalecidos en valores como la honestidad, debemos comenzar por vivir conforme a ellos y no limitarnos solamente a predicarlos.
Desechar lo negativo y reencauzar aquello que se ha vuelto tortuoso debe ser la consigna para convertirnos en mejores personas y, por consecuencia, en mejores padres, autoridades, políticos, comunicadores y religiosos.
La conciencia termina adaptándose al actuar. Por ello, cuanto más escuchemos su voz, más auténtica y positiva será nuestra existencia.
