La política de alianzas y acuerdos no es algo reprochable, por el contrario, en democracia las construcciones colectivas suelen resultar necesarias para enfrentar desafíos electorales complejos. Ningún partido serio puede sobrevivir aislado de la realidad ni encerrado en una soberbia testimonial que le impida sumar fuerzas.
Pero una cosa es construir unidad política, y otra muy distinta es convertir la dignidad partidaria en moneda de cambio.
El Partido Liberal Radical Auténtico en el Este volvió a caer preso de la apetencia de un sector de su dirigencia. Las recientes decisiones asumidas por referentes liberales para respaldar posiciones funcionales al movimiento Yo Creo, más que convicciones genuinas, dejan la sensación de responder a la vieja y desgastada lógica del clientelismo político. Es que la decisión fue fundada en apoyos a cambio de nada para el partido, y todo para algunos referentes.
En política las coincidencias ideológicas existen, pero también existen los cargos, las dádivas y las promesas de espacios sostenidos con dinero del pueblo. Y cuando varios “líderes” pasan rápidamente de opositores a aliados incondicionales luego de recibir beneficios o expectativas de acomodo, resulta difícil hablar de construcción democrática seria.
Así cualquiera termina siendo “prietista”.
El problema no es el apoyo político en sí mismo. El problema es la forma. El problema es cuando el liberalismo deja de negociar como partido y empieza a mendigar espacios. Cuando la estrategia desaparece para dar lugar al entreguismo no hay victoria.
En Ciudad del Este, el PLRA parece cada vez más desteñido, no solamente electoralmente, sino también doctrinariamente. Y ya ni siquiera existe rubor en ciertos referentes al momento de renunciar a la bandera partidaria por migajas administrativas o cuotas de poder circunstanciales.
La autonomía partidaria debería ser innegociable.
Un partido centenario, con historia de luchas, persecuciones y aspiraciones presidenciales, no puede celebrar con orgullo el simple hecho de convertirse en espectador o soporte externo de un sector político recientemente formado. Mucho menos cuando esa subordinación no nace de una estrategia institucional sólida, sino de conveniencias personales disfrazadas de madurez política.
La verdadera unidad política implica acuerdos entre iguales, no relaciones de dependencia.
El liberalismo esteño, o mejor, parte de su dirigencia, parece haber perdido toda noción de proyecto colectivo. La prioridad dejó de ser fortalecer al partido o representar dignamente a la ciudadanía, sino pasó a ser asegurar espacios personales, salarios, contratos y cuotas de influencia.
Eso explica por qué muchos dirigentes se acomodan con tanta facilidad bajo cualquier carpa política disponible.
La modalidad de “poner la mano” para encuadrar apoyos u oposiciones terminó degradando la credibilidad liberal hasta convertirla en un problema estructural. Cuando las posturas políticas tienen precio, desaparece el respeto y se instala el desprecio ciudadano. La consecuencia inevitable es el vaciamiento de identidad.
Mientras tanto, los jóvenes observan con distancia un partido que alguna vez representó ideales republicanos y hoy parece más ocupado en sobrevivir alrededor del poder ajeno que en reconstruirse como alternativa propia.
Por eso la renovación dirigencial ya no es solamente conveniente, sino urgente e ineludible.
El liberalismo del Este necesita recuperar dignidad, autonomía y coherencia. Necesita dirigentes que entiendan que las alianzas deben servir al partido y a la ciudadanía, no únicamente al bolsillo y comodidad de unos pocos.
