Desde la entrada en vigencia de la finalización del periodo oficial de propaganda electoral, el silencio debe prevalecer estos días. Un agradable y hasta extraño silencio después de semanas de saturación de discursos, videos repetitivos, caravanas interminables, promesas de siempre y una invasión que empacha de abrazos fingidos.
Ese breve respiro que hoy tiene la ciudadanía debería servir para algo mucho más útil que simplemente descansar del bullicio político. Tendría que convertirse en un tiempo de reflexión objetiva para los afiliados de los diferentes partidos y movimientos políticos que el próximo domingo elegirán a sus candidatos para los cargos municipales.
Más allá de las camisetas partidarias, las rivalidades históricas o las conveniencias coyunturales, existe la realidad imposible de maquillar, relacionada a que los candidatos electos terminan representando no solamente a un movimiento político, sino también el criterio y el nivel de responsabilidad de quienes los eligieron.
Cada interna es una radiografía moral y política de una estructura partidaria. Allí queda expuesto si se prioriza capacidad o populismo, preparación o improvisación, honestidad o conveniencia. Y aunque muchos quieran reducir el debate a simples simpatías personales, la administración pública no es un concurso de popularidad ni una competencia de influencers novatos.
Las municipalidades necesitan personas aptas. Así de simple. No al más simpático, no al que más abrazos reparte en campaña, no al más adinerado ni al que despliega mayor cantidad de carteles y vehículos. Mucho menos al especialista en victimizarse o fabricar enemigos imaginarios para esconder su propia incapacidad. Lo urgente es elegir al más preparado, al más honesto y al que verdaderamente entienda que administrar recursos públicos implica servir y no servirse del cargo.
El problema aparece cuando el fanatismo reemplaza al sentido común. Allí es donde candidatos impresentables logran sobrevivir políticamente gracias a estructuras que prefieren defender colores antes que principios. Después llegan las administraciones desastrosas, las denuncias de corrupción, los municipios endeudados y las eternas excusas sobre persecuciones políticas o conspiraciones ajenas. Algo actual en el 99,9% de los municipios.
Muchos de esos personajes llegaron al poder porque alguien decidió votarlos aun sabiendo perfectamente quiénes eran.
Por eso estas internas no deberían tomarse como un simple trámite partidario. Elegir correctamente es una cuestión de responsabilidad colectiva. Y esa responsabilidad exige madurez para dejar de lado intereses personales, amiguismos o la esperanza de favores.
Los partidos políticos necesitan entender que promover a los mejores hombres y mujeres no es un lujo intelectual ni una estrategia de marketing electoral. Es una necesidad urgente para comunidades cansadas de improvisaciones, escándalos y administraciones mediocres.
La decisión de los afiliados habla tanto del candidato electo como de quienes lo respaldan. En política, como en la vida misma, las elecciones terminan revelando prioridades, valores y verdadera vocación de construir una sociedad mejor. Y para eso, el sentido común debería hacer mucho más ruido que la propaganda.
