Resulta tragicómico, por no utilizar otro adjetivo, observar cómo ciertos sectores políticos descubren repentinamente los “grandes males” de la política paraguaya justo cuando se está a las puertas de un acto eleccionario. Se rasgan las vestiduras denunciando oportunismos, traiciones y mudanzas partidarias, como si estuvieran describiendo fenómenos recién aparecidos y no prácticas convertidas hace décadas en auténtica cultura política nacional.
Los “saltimbanquis” electorales no nacieron ayer. Existieron, existen y existirán mientras la política continúe funcionando más como plataforma de conveniencias personales que como espacio de convicciones. Y lo más curioso es que casi nadie tiene verdadera autoridad moral para arrojar piedras, porque la gran mayoría ya hizo algún salto de carpa cuando las circunstancias así lo exigieron para mantenerse cerca del poder, de los cargos o de las migajas del presupuesto.
La memoria política paraguaya es demasiado rica en conversiones repentinas como para fingir sorpresa. Incluso presidentes de la República llegaron al máximo cargo tras mutaciones partidarias y acomodamientos ideológicos que hoy algunos pretenden olvidar convenientemente. O acaso falla la memoria cuando se habla de conversos que terminaron manejando el país mientras daban discursos sobre lealtad doctrinaria.
La realidad regional tampoco ofrece demasiados ejemplos de coherencia. Un día se es fervientemente “cartista”, al siguiente aparece el entusiasmo “abdista”, y luego vuelve el ciclo según hacia dónde soplen los vientos del poder. Las convicciones duran menos que una campaña y los principios suelen medirse conforme las posibilidades de candidaturas, contratos o espacios desde donde ganar “algo”.
Lo más irónico es que muchos pretenden presentarse como renovadores éticos mientras arrastran currículums políticos más camaleónicos que el propio animal. Cambian de movimiento, de partido y hasta de discurso con una facilidad admirable. Entre algunos colorados, aquello haría revolver en sus tumbas a fundadores históricos que concebían la militancia como cuestión doctrinaria y no como franquicia electoral. Y entre ciertos liberales, la situación ya roza lo caricaturesco, porque algunos parecen cada vez más colorados, prietistas… o simplemente afiliados a la estructura que mejor reparta beneficios coyunturales.
Al final, todos terminan atrapados dentro de la misma bolsa de incoherencias. Oficialismos y oposiciones apelan permanentemente a la corta memoria ciudadana, apostando a que el electorado olvide fotografías, discursos y ataques mutuos de hace apenas un tiempo. La manipulación política se sostiene precisamente sobre esa capacidad de reciclar personajes y relatos como si el pasado jamás hubiese existido.
Y mientras tanto, la ciudadanía observa el espectáculo repetirse elección tras elección. Los mismos actores, las mismas mudanzas, las mismas promesas recicladas y las mismas indignaciones selectivas. En la política paraguaya, el problema no es cambiar de camiseta, sino fingir después que nunca se usó la anterior. Mal de muchos, consuelo de oportunistas.
