Se ha acostumbrado a escuchar que Alto Paraná es el motor económico del Paraguay. Y no es incorrecto, ya que existen razones para sostener dicha afirmación. La actividad comercial, la producción agropecuaria, la generación de energía y el dinamismo empresarial convierten al departamento en uno de los principales polos de riqueza nacional.
Sin embargo, existe una pregunta necesaria en referencia a lo que efectivamente se experimente. ¿Estamos realmente desarrollándonos o simplemente estamos creciendo?
La diferencia no es menor.
El crecimiento se mide en números, inversiones, movimiento comercial y recaudaciones. El desarrollo, en cambio, se refleja en la calidad de vida de las personas. Se observa en calles transitables, hospitales eficientes, escuelas dignas, seguridad jurídica, transporte adecuado y espacios públicos pensados para el ciudadano.
Y es precisamente allí donde aparecen las contradicciones.
Resulta paradójico que una región capaz de generar enormes recursos continúe exhibiendo carencias que deberían haber sido superadas hace décadas. El tránsito colapsa cada vez con mayor frecuencia. La infraestructura urbana avanza más lentamente que el crecimiento poblacional de allí el caos casi permanente. Los servicios públicos siguen lejos de responder a las exigencias de una comunidad moderna. Y muchas veces la planificación parece no haber existido jamás.
Durante años se ha celebrado la llegada de inversiones, pero se ha discutido mucho menos sobre cómo preparar las ciudades para recibirlas. Se habla de progreso mientras barrios enteros siguen esperando soluciones básicas. Se anuncian grandes proyectos mientras persisten deficiencias elementales que afectan la vida cotidiana de miles de ciudadanos.
La responsabilidad no corresponde únicamente a las autoridades de turno. También existe una tendencia colectiva a conformarse con poco. Se aplauden obras que en realidad constituyen obligaciones. Se presentan como conquistas extraordinarias acciones que deberían formar parte de la gestión ordinaria.
En varias ocasiones la ciudadanía termina agradeciendo aquello que ya había pagado con sus impuestos.
Mientras tanto, el tiempo pasa y las necesidades se acumulan.
Alto Paraná necesita mirar más allá de las próximas elecciones y comenzar a pensar en las próximas generaciones. Requiere políticas públicas capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno. Necesita autoridades que comprendan que la planificación no genera aplausos inmediatos, pero evita enormes problemas futuros. Y requiere ciudadanos dispuestos a exigir mucho más que discursos repetidos.
Una región verdaderamente desarrollada no se construye únicamente con centros comerciales, edificios modernos o estadísticas favorables. Se construye cuando el progreso económico alcanza efectivamente a las personas.
La riqueza que no mejora la calidad de vida termina convirtiéndose en una cifra vacía. El crecimiento sin planificación genera desorden. Y el desarrollo que siempre se promete para mañana nunca llega. Lo que falta no son recursos ni potencialidades. Lo que sigue faltando, demasiadas veces, es visión de largo plazo y patriotismo.
