El debate político constituye una herramienta fundamental dentro de cualquier sociedad que aspire a fortalecer su democracia, por lo que hacerlo cultura tiene relevancia. Más allá de los colores partidarios, poner frente a frente a quienes buscan ocupar cargos públicos permite conocer no solamente propuestas, sino también preparación, capacidad de reacción, coherencia y hasta conducta de los postulantes.
En tiempos donde abundan los videos cuidadosamente editados, las frases armadas para redes sociales y los discursos sobreactuados, el debate cara a cara sigue siendo uno de los pocos escenarios donde resulta más difícil esconder la improvisación y la falta de contenido. En ese sentido, el coloradismo esteño, el más ruidoso de entre los sectores políticos de la región, fue el primer grupo al exponer públicamente, por medio de Radio Concierto, a sus figuras en un formato donde, al menos en teoría, debían sostener fundamentos sobre sus propuestas y proyectos para Ciudad del Este.
Sin embargo, más allá del valor del ejercicio democrático, también quedaron en evidencia varias de las debilidades ya conocidas de buena parte de la dirigencia local. Lo más notorio volvió a ser la escasa comprensión real de lo que implica administrar un municipio de la magnitud y complejidad de la capital departamental. Se escucharon ilusiones presentadas como soluciones inmediatas, medias verdades disfrazadas de diagnósticos técnicos y proyectos generalizados sin profundidad ni sustento financiero o administrativo serio.
Muchos apelaron al viejo recurso de alardear experiencias en estamentos que poco o nada tienen que ver con la administración municipal. Otros intentaron impresionar mencionando supuestas relaciones cercanas con esferas de poder, como si la capacidad de gestión dependiera exclusivamente de amistades políticas y no de conocimiento, planificación y honestidad administrativa. También aparecieron promesas de corto plazo claramente alejadas de la realidad presupuestaria y jurídica de una comuna.
Obras, transformaciones y soluciones mágicas que suenan atractivas en el escenario, pero cuya viabilidad desaparece apenas se realiza un mínimo análisis racional. El resultado fue, nuevamente, mucha improvisación y poco contenido. Y quizás allí radica uno de los principales problemas de la política local, donde se continúa confundiendo entusiasmo con preparación, exposición mediática con capacidad, y retórica con gestión. Los discursos sobre transparencia y honestidad tampoco faltaron. Son ya casi una obligación protocolar en cada campaña.
El inconveniente aparece cuando quienes las pronuncian no necesariamente testimonien coherencia entre palabra y conducta. La credibilidad no se declama; se construye. Por eso resulta indispensable que la ciudadanía haga juicios de valor fuera del fanatismo político y de las simpatías emocionales. Cuando las promesas son poco verosímiles, cuando las respuestas son vagas y cuando los proyectos parecen más improvisaciones que planes concretos, lo que queda expuesto es sencillamente la pobreza de opciones.
Los partidos políticos tienen la obligación moral y democrática de seleccionar a sus mejores hombres y mujeres para representar a la ciudadanía. Esa debería ser la regla elemental de cualquier organización seria. Y de ello también deben tomar conciencia los afiliados y dirigentes de base, aunque muchas veces la resignación termine llevando a escoger simplemente al “mejorcito” o, lo más real, al menos malo entre alternativas insuficientes.
El Este necesita elevar el nivel de su debate político. No basta con hacer ruido en redes sociales o repetir eslóganes. Lo verdaderamente urgente es construir una dirigencia preparada, coherente y capaz de ofrecer algo más que promesas recicladas. Cuando la política se reduce únicamente a ambición, los grandes perjudicados terminan siendo siempre los ciudadanos.
