Editorial

Minimizar el acoso escolar es inadmisible

Durante años, muchos casos de acoso escolar fueron tratados como simples “cosas de chicos”, conflictos pasajeros y hasta exageraciones propias de una generación supuestamente más sensible. Sin embargo, la realidad viene demostrando con crudeza que detrás de burlas sistemáticas, humillaciones, agresiones físicas o violencia psicológica sostenida pueden incubarse tragedias irreparables.

Lo más grave no siempre es únicamente la conducta de quienes ejercen el hostigamiento, sino la indiferencia de adultos responsables que prefieren mirar hacia otro lado antes que asumir la obligación de intervenir. Cuando docentes, directivos o responsables institucionales omiten activar protocolos existentes frente a denuncias y señales evidentes de acoso, incumplen directamente el deber de cuidado que les corresponde dentro del sistema educativo.

Y eso no puede seguir siendo relativizado. En Paraguay, como en muchos otros países, existe todavía una peligrosa tendencia a intentar esconder situaciones conflictivas para evitar “escándalos” que afecten la imagen de determinadas instituciones educativas. Se busca proteger prestigios, matrículas y apariencias administrativas, mientras alumnos víctimas de hostigamiento quedan abandonados emocionalmente, muchas veces enfrentando solos situaciones devastadoras.

Ese mecanismo de encubrimiento silencioso resulta incluso más escandaloso que el hecho inicial. Cuando un estudiante pide ayuda y no es escuchado; cuando padres denuncian agresiones reiteradas y reciben respuestas burocráticas; cuando docentes detectan señales alarmantes y prefieren “no involucrarse”, se genera un ambiente donde la impunidad fortalece al agresor y destruye progresivamente a la víctima.

Los casos no son inventos ni exageraciones mediáticas. Existen historias dolorosas de jóvenes que desarrollaron cuadros severos de depresión, ansiedad, aislamiento social e incluso decisiones extremas después de soportar durante meses o años humillaciones permanentes dentro de espacios que debían brindar protección. Por eso, la respuesta institucional no puede limitarse a charlas simbólicas, campañas decorativas o carteles coloridos pegados ocasionalmente en las paredes.

Se requieren acciones concretas, protocolos activados de inmediato, acompañamiento psicológico serio y sanciones firmes para quienes incumplen responsabilidades funcionales. Docentes y autoridades educativas que ignoran deliberadamente denuncias de acoso deberían enfrentar consecuencias severas. No se trata de persecución, sino de responsabilidad. Quien acepta trabajar con niños y adolescentes asume también la obligación ética, profesional y legal de protegerlos.

Resulta contradictorio exigir excelencia académica mientras se toleran ambientes de crueldad cotidiana dentro de las aulas. Ningún aprendizaje significativo puede desarrollarse plenamente donde existe miedo, humillación o violencia sistemática. Además, el fenómeno actual adquiere una dimensión todavía más peligrosa con las redes sociales. El acoso ya no termina al salir de la escuela. Continúa muchas veces las veinticuatro horas mediante publicaciones, burlas virales, difusión de imágenes y ataques digitales que amplifican el daño psicológico.

La sociedad entera debe abandonar definitivamente la costumbre de trivializar estas conductas. No es “formación de carácter”, ni “broma inocente”, ni “etapa normal”. El hostigamiento constante destruye autoestima, deteriora la salud mental y puede desencadenar consecuencias irreversibles. Y cuando una tragedia finalmente ocurre, de poco sirven los discursos, las condolencias institucionales y las promesas tardías. Callar para proteger la imagen de una institución jamás puede valer más que proteger la vida y la integridad de un estudiante.

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