Editorial

Complicidad…

Asaltos y robos, antes de ser perpetrados, son estudiados minuciosamente. Lo fortuito en estos casos es sinónimo de complicidades. Las personas constituyen el componente menos predecible de entre la fauna que habita el planeta, y finalmente termina por componer un elemento clave en la estructura del submundo de la criminalidad. Infidelidad de todo tipo venida de empleados y funcionarios, son captadas por las mentes enfermas que manejan a delincuentes, y se valen de las “necesidades” materiales para explotarlos como coadyuvantes.

El que da el dato, el que permite conocer el movimiento de dinero en el comercio, empresa, negocio o vivienda, el que conoce los días de más recaudación, el que indica la cantidad de guardias, sus turnos y debilidades, no son meros informantes sin incidencia, sino fundamentales en la concreción de los hechos punibles. Las estadísticas y los hechos son extremadamente notorios como para solo considerarlos como especulación.

Ese pequeño aspecto de honestidad, de fidelidad y por sobre todo de gratitud hacia la mano que da de comer, debería ser normal y corriente en actitudes de personas sanas, morales y éticas. Pero como la sociedad no precisamente está compuesta por estos atributos, se tiene el imperio de lo no correcto. La necesidad material no es ninguna excusa válida como para dejarse seducir por la posibilidad de un poco de dinero extra, ya que lo otro se logra mediante el sudor de la frente.

La degradación de valores humanos convierte en mucho de los casos a funcionarios de confianza en los mejores informantes de las plagas sociales que resultan los malvivientes. No pasa por la culpa plena de las fuerzas de seguridad poder prever la inconducta de gente que funge de trabajador, pero piensa y actúa como delincuente. Todo conduce al mismo punto de degradación como motivo primordial de la preeminencia de la inseguridad en la ciudad, departamento y país.

Si todos los empleados de firmas fueran honestos, valorasen el tener un trabajo y fueran deseosos de sobresalir por el esfuerzo propio, no existiría posibilidad de que mentes enfermas se alcen con multimillonarios botines. De la misma manera, los empresarios, los gerentes y directores de comercios de diferentes rubros, conociendo el nivel de descomposición social, deberían tratar de revertir al menos conductas de quienes están bajo su administración.

Un buen patrón el que no somete, no maltrata y por sobre todo no explota a empleados, tiene menos posibilidad de motivar a personas de su entorno a que se inclinen a ser sus propios verdugos. La mente humana no es estática, y cuantas más muestras de honestidad, de castigos a criminales, se den, podrá reaprender que aquellos que cumplen con principios legales y humanos son los correctos ciudadanos, y el resto irá a parar con sus huesos a la cárcel, en el mejor de los casos.

Una sociedad normal no puede permitir la vigencia de lo amoral como normal, o de la deshonestidad como algo justificable por la “necesidad”, o por que el jefe es malo. La realidad depara a dilemas humanos, teniendo en cuenta que la solución de los problemas de la comunidad, pasa por mejorar a los mismos componentes de la sociedad. Comprender que “joder” al patrón, no es aplaudible, y que resulta lo mismo robar a dar informes a bandidos para que concreten asaltos.

El dejarse seducir por el dinero fácil, solo debería tener efecto en mentes débiles y que efectivamente tienden a lo criminal. Comprender que unos guaraníes no son suficientes como para vender el alma al diablo, empezará por dejar enseñanzas fundamentales para la actualidad. No habría “ofertas” si no existiría mercado para ello. Empleados y patrones deben asumir roles propios, y por sobre todo bajo el principio del respeto a la dignidad.

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