Los sucesivos hechos que ocurren en el país, donde medios de comunicación dejaron al descubierto perversos planes de corrupción, y hechos reales de mala utilización del dinero público, marcan nada más la preponderancia de la presencia de la prensa en las estructuras sociales. Sin entrar a comentar otros aspectos también reales del sector, como vicios, subjetivismos e intereses económicos, este rubro ha sido el único que produjo real lucha contra la delincuencia de “cuello blanco”.
Los ataques venidos de resentidos, de personas con poco censo de libertad y por sobre todo moralidad, solo nos recuerda de una situación que siempre ha marcado la vida de los medios, no solo en Paraguay, sino en gran parte de Sudamérica. El ejercicio de la comunicación social, así como el reclamo ciudadano fuerte por irregularidades y necesidades han sido subyugados por Gobiernos que consideraron crímenes a pedidos de justicia e igualdad.
En la actualidad, muchos países siguen sufriendo la marca terrible de dictaduras de facto, con ropaje de falsas democracias, donde la libertad esta coartada totalmente a los intereses de grupos de poder. La realidad de la libre expresión sigue siendo la misma, bajo constante ataque, y riesgo inminente de mordazas.
Las ambigüedades de ser protagonistas y colaboradores del cambio, y ahora pasar a ser componentes de desestabilización, son riesgosas situaciones que plantean ciertos grupos que se ven beneficiados de estamentos como comunas, percibiendo que la corrupción es sabrosa y beneficiosa.
Los tiempos son distintos en nuestro país, al menos en el mando, pero prosigue el domesticamiento de la prensa mediante condicionamientos para ser beneficiarios de “jugosos” avisos institucionales, o en todo caso la vigencia propia de estafadores que viven de los medios y que con pequeñas dádivas pintan de colores realidades negras. La libertad es un principio humano, y del mismo derecho natural.
La prensa con sus vicios y virtudes, debe seguir siendo la caja de resonancia de miles de compatriotas que no encuentran respuestas a sus cuestionamientos individuales, pero que sí adquieren mayor relevancia al momento de hacerlo público a través de los medios de comunicación. Propósitos de privar del derecho de decir lo que se considera verdad, o evitar cuestionamientos hacía la gestión de autoridades públicas con el chantaje de cortar publicidades, es la misma práctica nefasta de autoritarismos que sucumbieron a la zona en injusticia y pobrezas.
La voz del pueblo debe ser escuchada, independientemente a angulemas o críticas. El relacionamiento actual con los medios dista mucho de aquellos lindos discursos electorales, por lo que campañas de desprestigio contra diarios, radios o televisión, solo son respuestas de quienes no tienen argumentos reales para rebatir denuncias de corrupción. La prensa no es santa, pero hasta la fecha es el que más resultados genera en la lucha contra la cancerígena hipocresía politiquera, y desnuda esquemas montados con el fin de autobeneficios.
