Da pena la clase política regional, que solo hace mucho ruido en tiempos electorales, y en momentos en que se debe ver la mano de los mismos para encarar males sustanciales de la sociedad, se guardan a silencio o siguen emprendiendo electoralismos en otros lares. Las autoridades que asumen cargos ya tienen la mente puesta en el siguiente escalón, o en todo caso cual acción le permitirá permanecer en el puesto.
La energía gastada para populismos baratos, buscando sensibilizar a la población sobre su amor, no pasan de retóricas mezquinas, valiéndose del dinero de todos, no del suyo. Otros, ajenos oficialmente a cargos electorales, se valen de figuras de correligionarios para no dejar de estar en el ruido, con ánimo de captar eventuales votos. Los dirigentes no apuntan a funciones reales, sino a seguir la misma senda de inutilidades para la generalidad, y beneficio para caprichos personales.
Dirigir implica direccionar a grupos humanos a la satisfacción de necesidades. El manejo de una ciudad, departamento o país, no solo debe quedar en electoralismos constantes, cansinos, y hasta molestosos. Cada autoridad debe lucir por lo que emprende, no por lo que manda decir a la prensa, mediante jugosas publicidades. El buen trabajo de un dirigente se siente en todos los rubros, no solo en lo mediático. La obligación moral y legal de autoridades es cumplir con promesas electorales, punto por punto.
Si cada político que llega al poder, asumiese funciones con el mismo ímpetu con que encarar comicios, se tendría una ciudad brillante y un país absolutamente justo. Si bien el ser humano no puede desprenderse totalmente de subjetivismos, sería bueno que a la hora de emprendimientos no solo vea a correligionarios o eventuales votantes para ello. El manejo sectario, solo demuestra la mezquindad en su máxima expresión.
Un político de verdad no es aquel que sabe hacer más hurras por tal o cual lista, sino aquel que cumple con los preceptos de buscar el bien para todos, independientemente a movimientos o partidos. Se necesita más patriotas para sustituir a los especímenes de la fauna grotesca, que la misma ciudadanía ayudó a potenciar y multiplicar. Realidades deben llevar a aprender de los errores, y en este menester la población indefectiblemente debe avezar su capacidad de discernimiento, pues jamás será lo mismo un sapo y una paloma, por más ropaje de ángel que se publicite.
El esquema es perfecto para que cualquier pelagatos sea auto-calificado de líder y hasta asuma cargos de preponderancia, no por su rasgo de líder nato, sino por su capacidad para fingir, menoscabar al otro y pisar cabezas para avanzar, incluso por sobre propios principios. Los ideales de la política no deberían solo ser tenidos como palabreríos, sino como guías de acciones y puntales de vida.
El manejo de la cosa pública gira en torno al bienestar general, y no sobre figuras propias buscando mantenerse en cargos o buscando el siguiente peldaño. Si la ciudadanía sigue inerte, por pereza, temor o ignorancia, sostendrá por mucho tiempo más el cretinismo que lleva a sociedades enteras a padecer la ineficiencia pública como algo institucionalizado. Todo cambio no se inicia de arriba para abajo, sino de las bases, de los cimientos sociales, por lo que en proporción en que la comunidad asuma obligaciones y deberes, se tendrán mejores dirigentes, políticos, autoridades.
