A modo de recordatorio por el sencillo hecho genético del paraguayo de no precisamente “brillar” por la memoria, y para otros que sufren amnesia debido al disfrute del poder, cabe recordar de las tantas promesas que recibimos en épocas electorales, que lamentablemente quedaron en el olvido.
Las tantas promesas de cambio son más de la misma mentira que por décadas ofrecieron políticos colorados, “independientes”, y liberales.
Algunos aspectos como que la idoneidad sería el requisito para altos cargos, que los nombramientos políticos sería historia, que la transparencia sería el mandamiento del Gobierno, que no habrá exclusiones, que la politiquería del zoqueterismo acabaría, que los paraguayos desterrados por la necesidad volverían, que la justicia social sería bajo la razón, que la ley será el que rija conductas, que las desigualdades humanas será disminuidas y otras tantas lindas expresiones que nos llenaron el oído sería ley, no resultaron más que fábula para el pueblo.
Existen demasiadas deudas asumidas por Mario Abdo que quedarán en más de lo mismo, promesas incumplidas.
El cambio no es más que una “caricatura” del ideal soñado por la población.
No se cumple con las promesas electorales, y en la parte final se intenta hacer creer que todos son malos, menos los “abdistas”.
La mayoría no votó por ideas de trasnochados, o para dar preponderancia a socios de negocios. No fue ni será el deseo de la mayor parte de paraguayos.
Qué cambió de manera sustancial en estos años de mandato? Solo se vieron tibios propósitos de mejorar, que no permitieron siquiera pergeñar el trayecto hacia el nuevo Paraguay.
El entorno del Jefe de Estado no fue el más sano, y todo indica que se transcurre por los mismos pasos del beneficio de unos pocos a costa de la generalidad.
La solución a los males perentorios de la sociedad pasa por actuaciones correctas, cada quien en su función, cada quien actuado con patriotismo.
No existen “mesías” de la política, ni mucho menos partidos o movimientos salvadores. Este Gobierno no pisó tierra, y sufrió catastrófica derrota electoral como lección, que al parecer no se digiere ni admite por una cuestión de falta de humildad.
Las promesas no solo pueden tenerse como elemento de persuasión, y en lo mínimo debe cumplirse.
El fiasco es nuevamente el resultado de lo poco hecho durante la administración que va llegando a su término. Esto debe servir de experiencia aleccionadora a quienes asumirán el poder en agosto venidero.
El pueblo está cansado de más de lo mismo, por lo que desde el primer día se deberá ver al menos propósito, voluntad de hacer bien los deberes desde los estamentos de decisión.
La deuda no es solo de la presente gestión sino una extensión absurda de periodos sucesivos que no cumplieron con el compromiso.
Nadie en su sano juicio, nadie con tino, con sentido de patriotismo, desearía que le vaya mal al nuevo Gobierno, por lo que sumar buena expectativa no es incorrecto, sino lo apropiado, así como un control objetivo de lo que se emprende, a fin de exigir que se haga lo que se debe.
