Editorial

La reconstrucción moral para la concreción del cambio

Un país con dirigentes y pobladores amorales, tienden a caminar hacia la miseria general, y el beneficio de unos pocos, típico de la oligarquía que dominó gobiernos insanos. Si nuestros políticos cumpliesen con deberes y obligaciones propias nada más de funciones remuneradas, la realidad de la ciudad, departamento y país sería totalmente diferentes.

Si dirigentes y ciudadanía fueran íntegramente éticas y morales, no habría impunidad, desvíos de fondos, manejos autoritarios a funcionarios, mentiras oficiales, contrabando, evasión de impuestos, y mucho menos miseria en la mayor franja de población. Si una persona es íntegra, difícilmente se someta a irregularidades de la mafia dominante.

Si la ciudadanía tuviera completa moralidad, jamás se elegiría mal a las autoridades políticas y por consiguiente estaríamos orgullosos de los líderes que tenemos. Una ciudad respetuosa de las leyes y de sus integrantes, pregonadora de ejemplos positivos, no tendría la tasa de criminalidad que nos acecha y agobia. Lo moral es lo correcto, lo que debe ser. Y ese “deber ser”, perdido por complicidad cobarde es la que tiene que tener una realidad diferente si de veras queremos un mejor tiempo para todo la Nación.

La comodidad, celeridad y el ropaje que brindan la coima, el padrinazgo o el poder económico, son puntales para que la moralidad quede en un rincón olvidado del ser. La cotidianeidad de lo incorrecto, nos llevó incluso a adoptar como normal lo anormal.

Vivimos sumergidos en este mejunje de falsedades, donde se aparenta bondad, solidaridad, integridad, pero en la realidad se zambulle en inmundicias.

La hipocresía pasó a ser anestésico de conciencias de manera tal que hoy en día fingir ser correcto, es suficiente. Que lo digan nuestros actuales dirigentes, que de boca llena hablan de lo correcto, pero no por asomo lo cumplen en funciones públicas. Desde el momento en que nos autodeterminemos dentro de la moralidad, las cosas irremediablemente cambiarán. Como ya hemos aprendido, que el cambio de realidades no viene de una persona, entonces empeñémonos primero en modificar conductas y luego exigir la adaptación de quienes nos gobiernan, ya sea en el municipio o en el país.

No queda otra, por lo que la ciudadanía deberá ser el motor real de mejores tiempos. Practicar la ley y exigir el cumplimiento de ellas. Si la ciudad, el departamento o país están en este nivel, es sencillamente porque hemos sido permisivos y hasta cómplices. Muchos quieren un país mejor, pero viven del contrabando, piratería, de la mentira, o de los negociados estatales. Querer el cambio es también cambiar de vida.

La pobreza no es argumento para delinquir, y el poder no es atributo para autobeneficiarse o destruir a adversarios políticos. Pese que aquí se institucionalizó esto. Toda la ciudadanía deberá tomar como suyo el compromiso de re-moralizar. Primero de propias conductas y posteriormente de quienes son actores circenses imitando vidas que no viven.

La moralización urge en una región donde todo sigue divido por colores partidarios o liderazgos falsos y sometidos a la picana. La industria de la mentira, sostenida por medios de comunicación sometidos por dinero, también deberán pasar por el “purgatorio”, pues no se puede fantasear a la población con el fin de cobrar avisos. Lo moral es extremadamente necesario, y ya es tiempo de colocar las cosas en su lugar, o llamarle a lo incorrecto como tal, no disimulando su gravedad. Extinguir el mundo del revés que solo genera dolor y pobreza, será el impulso para que el cambio definitivamente se concrete.

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