Las conocidas ineficiencias que ayudan a la prevalencia de la inseguridad en detrimento de la población ordinaria, ya ni siquiera necesita análisis, sino lamentos. Es una realidad harto conocido que existen agentes del orden corruptos, y que ni de día se puede estar a salvo. Se sabe que es obligación del Estado proporcionar la seguridad a sus pobladores y que la lucha contra los delitos y crímenes también deben venir del Ejecutivo.
Sin embargo la esencia de la criminalidad agobiante es la que requiere puntos concretos y acciones reales para la reingeniería de la seguridad. Analizar de dónde provienen los malvivientes, qué formación, educación y atención han tenido, bien servirá incluso para contrarrestar y hasta evitar la consecución de crímenes. Indudablemente el seno familiar es formador en un alto porcentaje de buenos y malos ciudadanos.
Primero se forman hijos bajo malos ejemplos, que a pesar de creerse inofensivas prácticas como tomar un artículo cuya propiedad es ajena, aplaudir cuando el vástago trae un balón que no le pertenece, o alentar que golpee a otros, constituyen las cápsulas que forman personalidades y que luego se trasladan en conductas adultas. Sin temor a equivocaciones, algo falla en la educación de los hijos, y la familia, que es el núcleo y sostén de la sociedad en vez de sacar personas responsables, con alto pudor, ética y enriquecido en valores, arroja maleducados y triviales ciudadanos que solo buscan la satisfacción material como principal motivo de acciones.
El “todo da igual”, incluso conductas desviadas, es lo que rompen barreras de la formación y dejan al libertinaje conciencias. Padres irresponsables que sustituyen la educación por la formación intelectual, o mejor, la ida a escuelas, colegios universidades para que no les cause molestias, es otro aspecto que forman inconductas. La esencia de lo bueno y malo, de lo correcto e incorrecto, se adquiere en la “casa”, con los padres. Libros no enseñan lo que formas de vida pueden impregnar en la mente y en el corazón.
Si existen despiadados personajes que matan por bagatelas, no es sencillamente por lo innato de su mente criminal, sino por una ausencia tremenda de ejemplos que puedan valorar la vida y el respeto a la integridad física y patrimonial de terceros. Si se coloca objetivamente a analizar lo que pasa en el propio entorno, se podrá determinar que se tiene responsabilidad compartida en el ambiente sofocante de inseguridad.
Papá y mamá (varón y mujer, por las dudas) que están convencidos que profesores son los que tienen que asumir todas las obligaciones por que “pagan por ello”, consideran a sus hijos perros que deben ser instruidos por amaestradores que enseñan a sentar, no ladrar y atacar. Es lamentable el nivel de desentendimiento a roles paternos. No es solo abandono efectivo, sino de desatenciones y atropellos a una función innata.
La falta de amor en las familias, repercute directamente en creencias que luego forman mentalidades. Cómo padres pueden permitir a hijos menores “pernoctar” en discotecas y festicholas regados por alcohol, drogas, orgías, bajo el criterio de que “los tiempos cambiaron”?
La incoherencia de padres que aparentan ser impolutos, que cumplen con preceptos religiosos, pero que viven en la inmundicia de agresiones físicas, morales y sicológicas, que son corruptos en labores públicas, que se aprovechan del prójimo, son vitaminas para fortalecer delincuentes en potencia de todo tipo. Este es el principio de todo, la familia. No hay excusas para desviarse del deber paternal y en un alto porcentaje se logrará reencausar realidades, si se retorna nada más a la función natural de crianza con amor.
