A pesar de creencias sobre diferencias abismales con los vicios del coloradismo, el Partido Liberal vive paradójicamente, en uno de los peores momentos de su historia reciente, no precisamente sobrevenida de derrotas electorales repetidas. Actitudes cavernícolas, o más bien “antropófagas” vividas casi constantemente, solo dan muestras de qué se tiene dentro del liberalismo contemporáneo.
No resulta raro en especímenes sin mucho de materia gris, o con alguna deficiencia de yodo, en vez del diálogo maduro, recurran a golpes e insultos, dignos de jaurías en disputa por “zoquetes”. Pero resulta inconcebible que los protagonistas, sean nada más y nada menos que dirigentes. Existe una amalgama interesante de causas, las principales se circunscriben dentro de la intención de ocupar cargos, léase zoquetes, preponderantes dentro de Gobiernos, que de apoco queda “chico”, debido al monopolio evidente de movimientos más afines.
Lo claro y concreto es que en los últimos tiempos, se ha visto un Partido Liberal sucumbido en una crisis hasta de identidad, y que solo ha generado enfrentamientos internos que lo debilitan, y que es potenciada por el mismo entorno del Directorio. Un PLRA en estas condiciones, es el sueño de un Partido Colorado, que sin mucho esfuerzo gana sucesivas elecciones. Actitudes mezquinas como las demostradas por sus máximas figuras, son más que evidentes que la promesa de una política distinta era una fantasía vendida como espejitos a la ciudadanía “hambrienta” de cambio.
Hasta hoy el PLRA solo dio pena, pues sus líderes se siguen enfrentando inútilmente en una lucha cuerpo a cuerpo que terminará por sucumbirlos al lugar al que siempre estuvieron acostumbrados, desde el banco solo criticando, solo haciendo oposición. La falta de seriedad en muchos de quienes hoy incluso son autoridad, sencillamente es un peldaño en falso para el mismo partido. El asumir una sumisión ciega hacia el eterno objetivo de alcanzar el poder principal, incluso por rendijas ni siquiera ventanas, es la mismísima actitud del desespero de líderes que acumulan derrotas.
El Paraguay necesita de políticos más patriotas, de autoridades más críticas hacia males institucionales, y por sobre todo personas que tengan la mínima capacidad de reconocer errores propios y tratar de reencauzarlas. El trabajo gubernamental es exiguo, pero no es solo responsabilidad de los colorados, sino de una incidencia ineficiente de un partido que sigue estando en internas. El paso del tiempo es un juez implacable, y no aprender de tropiezos y desaciertos hasta el límite permitido, será el fin del efímero sueño de ser Gobierno.
La ciudadanía en general está cansada de prácticas mezquinas, y aguarda con ansias sentir efectivamente que el Paraguay es un país diferente, con menos desigualdades humanas, y más dirigentes dignos, honestos, solidarios, que se ocupan de los problemas sociales no solo en épocas electorales, sino que cuando es necesario.
Aún los representantes políticos tienen mucho que aprender, y primordialmente que la lucha por el poder debe ser con el fin de buscar mejores tiempos para el pueblo, no solo para séquitos o bolsillos propios.
