Editorial

La “ignorancia” que conviene

La ignorancia o desinterés manifiesto sobre temas de relevancia para la humanidad, como enfermedades, prevención, propios derechos, deberes, obligaciones, lleva entre otros padecimientos, a posiciones mezquinas y totalmente equívocas. A modo de recordatorio para “medir” el perjuicio generado por la falta del mismo sentido común, la actitud asumida por un grupo importante de ciudadanos, y autoridades, sobre inmunizantes y cuidados higiénicos, desnudó que el grado de ignorancia no solo es alto entre los no instruidos.

Por lo general, la población por desconocimiento teme todo y asume posiciones absurdas y lastimeras. Esto también se percibe cuando el fanatismo y el hastío se unen para generar caos. La ignorancia consume al punto que no se miden daños que se pudiera causar a consecuencia de negativas de promover el respeto a la misma democracia. La falta de yodo es un mal que sí necesita de atención, pues creencias arcaicas y conocimientos de “pasillo” pueden evitar que prospere el bienestar y la salud en las generaciones venideras.

Vídeos manipulados y el término repetido como “loros” de supuestos fraudes sin absoluta pruebas reales y contundentes más que pareceres de interesaos en zozobras, es un peligro para sociedades integradas por descerebrados, ya que se pone en riesgo todo lo que se trabajó para el progreso de la civilización. Por ignorancia se discrimina, por ignorancia se asume como real lo que se leyó en algún posteo de mediocres.

Esto se vio durante la pandemia, donde los “sabios” hicieron atacar antenas de celulares, desechar vacunas, y hasta temer al censo poblacional. La ignorancia es “patología” que lanza a la muerte a inocentes que bien podrían tener otra vida.  “La tavy tuicha mbae”. En una sociedad, donde los preceptos sostienen la institucionalidad, bien o mal, se canalizan disgustos y pareceres por vías legales, no por medio de brutalidades irracionales. Está a la vista de todos que la justificación del desconocimiento y la terquedad, genera mal pasar no solo en quienes lo exponen, sino en el resto que debe vivir padecimientos innecesarios.

Este tipo de “enfermedad mental” es totalmente contagiosa, y en vez de rebuscarse en alcanzar mayor información sobre temores o dudas, se prefiere creer en el “saber” de quienes prejuzgan y se basan en propios intereses. Se transmite en la misma velocidad que corren los chismes de vecindario, teniendo como “parlante” las redes sociales donde todo tipo de irresponsabilidades, medias verdades y manipulaciones absolutas se potencian.

Pero para ahondar más sobre la patética muestra de gente incluso instruida, esta patología también genera en muchos la corta memoria y el discernimiento en base al estómago, explicación por el cual tenemos políticos mediocres y autoridades hipócritas. La ignorancia va mucho más allá de una sencilla posición contraria, y convierte en idiotas útiles a gran porcentaje de la población. Es penoso que en pleno siglo de la comunicación se prefiera creer en lo que conviene creer, y no se suma nada con objetividad.

Es así que año tras año, se tienen incluso a personas “adultas” que niegan a vacunar a sus hijos, dejando bochornosos espectáculos, obviando un derecho humano como recibir prevención. Creer en la propia tosquedad hace que se empiece a cuestionar si la evolución fue general. Es increíble cómo se da, en algunos casos, mayor valor a chismes y creencias mitológicas. El desconocimiento lleva inexorablemente al sufrimiento, a la pobreza a la discriminación.

Nada de útil sale de mentes cerradas. Primero se debe asumir esta condición enfermiza de “hablar por hablar”, y buscar realmente abrirse al conocimiento útil y profundo, no superficial o salido de la información empírica deforme de quién es tan retrógrado que fomenta el anarquismo. Desde el momento en que nos “vacunemos” contra la ignorancia, tendremos mejores condiciones de vida general, menos desigualdades humanas y hasta mejores líderes.

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