Editorial

La verdadera conciencia social

La solidaridad adquiere su dimensión más extraordinaria cuando permite que alguien siga viviendo gracias a una decisión ajena. La donación de órganos, tejidos y células representa precisamente la posibilidad de transformar una pérdida irreparable en una oportunidad de vida. Sin embargo, en Paraguay, como en tantos otros países, entre los avances de la medicina y la esperanza de miles de pacientes persiste la insuficiente conciencia ciudadana sobre la importancia de donar.

En el marco del Día Mundial de la Donación de Órganos, Tejidos y Trasplantes que se recuerda en la fecha, las cifras demuestran que el país ha avanzado. Durante 2025 se concretaron 163 trasplantes, incluidos procedimientos renales, cardíacos, de córneas y de médula ósea. No obstante, al comenzar 2026, el Instituto Nacional de Ablación y Trasplante (INAT) registraba 287 personas en lista de espera, entre ellas niños que necesitan una oportunidad para seguir viviendo o recuperar su calidad de vida. Detrás de cada número hay una familia que espera, una vida condicionada por la enfermedad y un futuro que depende, en muchos casos, de la generosidad de otra persona.

La denominada Ley Anita, N.º 6170/18, estableció que toda persona mayor de 18 años es considerada donante de órganos después de su fallecimiento, salvo que haya manifestado por escrito su oposición. Es un avance normativo importante, pero ninguna ley, por sí sola, puede construir una cultura de donación. Para ello hacen falta información clara, confianza en las instituciones, transparencia en los procedimientos y una ciudadanía capaz de comprender que donar no significa renunciar a la vida, sino ofrecer esperanza cuando ya no sea posible continuar la propia.

También es justo reconocer el trabajo de los profesionales sanitarios y del INAT, así como los esfuerzos por fortalecer la coordinación hospitalaria, capacitar equipos y mejorar los mecanismos de gestión y asignación de órganos. Pero los avances científicos e institucionales deben traducirse en una capacidad creciente para responder a quienes esperan. Se necesitan recursos suficientes, infraestructura adecuada, equipos especializados y garantías de acceso equitativo, de modo que las posibilidades de recibir un trasplante no dependan de privilegios ni de la capacidad económica del paciente.

La conciencia ciudadana es decisiva. Persisten temores, prejuicios y desinformación que pueden convertir una acción solidaria en motivo de incertidumbre familiar. Por eso, hablar de donación en el hogar, consultar las fuentes oficiales y comunicar a los seres queridos la propia voluntad son acciones sencillas que pueden evitar dudas en el momento más difícil.

La donación debe formar parte de una educación ciudadana que enseñe a valorar la vida, comprender el sufrimiento ajeno y asumir que la solidaridad también exige decisiones concretas. La medicina puede realizar trasplantes, los profesionales pueden estar preparados y las instituciones pueden establecer protocolos; pero sin donantes, todo ese conocimiento resulta irrelevante. La verdadera conciencia social se mide por las vidas que somos capaces de ayudar a salvar.

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